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El proyecto de producir conocimiento histórico acerca del pasado reciente data de la década de 1970 a nivel internacional. Para el caso de las sociedades europeas, por ejemplo, la necesidad de explicar la “Era de las Catástrofes” (1914-1945), incluyendo a las guerras mundiales y sus múltiples consecuencias, resultaba de vital importancia para pensar en su presente y su futuro. Considerando ese contexto, en el caso de América Latina

y Chile, el pasado que nos convoca e interpela, desde la perspectiva reciente, hunde sus raíces en los periodos dictatoriales que experimentó la región durante las décadas de 1950-1980, y en sus diversas ramificaciones durante el periodo de “retorno a la democracia”, usualmente asociado al tramo temporal que se extiende a partir de la década de 1990 en adelante.

Los historiadores Julio Aróstegui y Hugo Fazio, desde distintas miradas, han planteado que la historiografía del tiempo presente puede articularse a partir de una “matriz” de acontecimientos; es decir, un acontecimiento que haya producido una cierta lógica de cambios y continuidades que puedan ser vinculados entre sí dentro de un cierto tramo de tiempo, y que permanezca con una especie de “final abierto”. Esto significa que la trama de acontecimientos de la historia del tiempo presente aún no se ha resuelto, sino que, con toda probabilidad, continuaría más allá de lo que se plantee en una investigación desde un principio. Tal cualidad le otorga a la investigación sobre la historia reciente cierta vertiginosidad, o sea, un sentido de rapidez e inmediatez que parece coincidir con la trayectoria y experiencia de una vida humana moderna. Sería, de ese modo, distinta a la historiografía referida a fenómenos históricos más distantes en el tiempo, puesto que en esos casos las/os historiadoras/es no cuentan con la oportunidad de experimentar las consecuencias recientes de los acontecimientos que estudian (p.ej., un/a historiador/a del imperio inca no experimenta las consecuencias de la invasión y conquista española como sí la vivieron las personas que habitaban el Cusco en 1540).

Por estas razones, es posible proponer que la dictadura cívico-militar impuesta en Chile a lo largo del periodo 1973-1990, constituye la “matriz” del acontecer histórico reciente para la sociedad chilena en todo aspecto. La profundidad de las transformaciones impulsadas por el gobierno dictatorial fue de tal magnitud, que sus efectos permanecieron a lo largo de todo el periodo posterior a la transferencia de poder entre militares y civiles, concretada entre 1988-1990. Así, la implantación de un sistema económico de libre mercado –de naturaleza experimental durante las décadas de 1970-1980-, junto a la institucionalización de los cambios impuestos por el gobierno cívico-militar, materializada en el texto de la Constitución de 1980, fueron la condición de base para todo proyecto sociopolítico impulsado a partir de 1990.

En adición, las violaciones a los Derechos Humanos, cometidas en base a una política de exterminio de la oposición política durante el régimen presidido por Augusto Pinochet, dejó una huella imborrable en la memoria de quienes experimentaron directamente el horror del Terrorismo de Estado; como también de quienes vivieron las medidas usuales de represión sobre la población civil durante la dictadura: desde los controles aleatorios de identidad, los toques de queda, la impedida libertad de expresión, los allanamientos en las poblaciones, las políticas de erradicación territorial de los campamentos en dirección a la periferia de las ciudades, hasta la discriminación clasista, racial, étnica o de género, instituida por un régimen que presentaba una clara línea ideológica conservadora, nacionalista, anticomunista, militarista y católica.

Como han planteado diversos especialistas, el Modelo chileno, esto es, el sistema neoliberal sostenido por la institucionalidad constitucional de 1980, ha implicado la instalación y formación de una sociedad de mercado. Ya no serían las tradicionales instituciones las encargadas de articular al individuo, las familias y a otros sujetos sociales con las autoridades heredadas del pasado (El Estado y la Iglesia Católica, principalmente), sino el mercado capitalista. La creencia en la autorregulación del mercado como base para la correspondiente

autorregulación de la sociedad, ha significado un debilitamiento de la autoridad de las instituciones públicas y un evidente fortalecimiento de las entidades privadas. Así, a nivel cotidiano, el consumo se ha transformado en el nexo social más frecuente, transformado en fundamento de las relaciones sociales en general.

La postdictadura, entonces, sería el periodo de tiempo que se inicia alrededor de 1990, con la transferencia de poder desde las Fuerzas Armadas hacia los civiles y el sistema de partidos políticos configurado a fines de la dictadura, caracterizado por las transformaciones impulsadas por la plena implementación del Modelo en la sociedad chilena. Su desenlace, aún abierto e incierto, ha dado señales de cambio a causa de la apertura de un proceso constituyente, surgido del colapso del sistema político y su crisis, que parece anunciar modificaciones en el marco legal dentro del cual se mueven los sujetos en el contexto de la modernización neoliberal. Así, al interior del periodo postdictatorial se han desarrollado un conjunto de transformaciones de gran alcance a todo nivel en la sociedad chilena, algo que supone muchas interrogantes que pueden motivar nuestro interés en distintos aspectos de este proceso histórico.

III.- Actividad: definiendo intereses, motivaciones, preguntas y problemas de investigación.

III.1.- Discutir a nivel grupal los distintos intereses/motivaciones de investigación que puedan surgir entre las integrantes respecto al periodo postdictatorial chileno, ya sea a escala local (comunal, ciudad) o nacional (país).