Estudio Exhaustivo sobre la Leva, la Perrada y la Masculinidad Militar en el Perú Posconflicto
Contexto de la Investigación y el Encuentro de Veteranos en Huamanga
El estudio presentado en el libro "Perros y promos. Memoria, violencia y afecto en el Perú posconflicto", escrito por Jelke Boesten y Lurgio Gavilán y publicado por el Instituto de Estudios Peruanos () en mayo de con un tiraje de ejemplares, se origina en una investigación profunda sobre las vivencias de los excombatientes del Ejército del Perú. El de octubre de , se llevó a cabo un evento significativo en un barrio de licenciados en Huamanga, Ayacucho. La jornada comenzó con una faena comunal de limpieza en la que participaron hombres, mujeres, jóvenes y niños, seguida de una celebración festiva con música, cohetes, el izamiento de la bandera nacional y un desfile de honor. En este marco, Roberto Sicha, líder de la asociación de licenciados en aquel momento, lanzó el I Concurso de Narración de los Licenciados de las Fuerzas Armadas del Perú enfocado en la temática de la "Leva y perrada en el Ejército". Este certamen resultó en la recopilación de aproximadamente ensayos, lo que evidenció una imperiosa necesidad de los veteranos por relatar sus experiencias íntimas y dolorosas, buscando ser escuchados tras años de permanencia en los márgenes de la sociedad peruana.
El Sistema de Reclutamiento: Desigualdad Social y la Experiencia de la Leva
La leva es identificada como una práctica de reclutamiento forzoso que ha persistido en el Perú desde inicios del siglo XX, evidenciando una conscripción mal institucionalizada y profundamente desigual. Históricamente, el Estado permitió que los jóvenes de clases medias y altas, descritos como los "más blancos" y con recursos, evitaran el servicio militar mediante pagos o se formaran como oficiales en academias militares. Por el contrario, la infantería se nutría de jóvenes pobres, indocumentados y con escaso acceso a la educación. El proceso se ejecutaba mediante camiones militares que patrullaban plazas, ferias, colegios y estadios de fútbol para capturar a jóvenes que aparentaban tener entre y años; en muchos casos, se reclutaba incluso a menores de años. Testimonios como el de Comando Tigre relatan cómo fue capturado un día que decidió faltar al colegio, viendo a madres y esposas llorar fuera del cuartel Quicapata en Carmen Alto. Esta ruptura traumática con la vida civil no era accidental, sino una estrategia deliberada para incomunicar al recluta y forzar una nueva lealtad hacia la institución castrense, eliminando la posibilidad de despedidas familiares.
La Perrada: Un Proceso de Deconstrucción y Reconstrucción del Recluta
Una vez en el cuartel, los reclutas ingresaban a un periodo de meses denominado "la perrada", diseñado para generar una lealtad absoluta a la patria a través de una familia alternativa: las Fuerzas Armadas. Este proceso se basaba en la destrucción de los lazos afectivos previos y el endurecimiento sistemático del cuerpo y la mente. Los ensayos del concurso describen torturas y maltratos brutales empleados por los monitores e instructores, así como por los soldados "antiguos" (aquellos que ya habían pasado la perrada). Entre los métodos de tortura física se mencionan la "llave", que consistía en introducir una cuchara entre los dedos y girarla con fuerza hasta arrancar piel y carne; la obligación de comer excremento, barro o arena; y actos de crueldad como matar perros para bañarse en su sangre y comer su carne. Otros castigos recurrentes incluían la "tortura china", "el globo" y privación de sueño. El testimonio de Chakal subraya que esta violencia se volvía "pegajosa", generando un círculo vicioso de venganza donde el soldado abusado repetía las mismas atrocidades con los nuevos ingresantes para normalizar su propio trauma.
Masculinidad Militar, Racismo y la Identidad del Soldado
La instrucción militar en el Perú posconflicto trabajó sobre una construcción específica de la masculinidad, vinculando el poder masculino con la dominación física y la virilidad sexual. Este proceso exigía el rechazo absoluto de lo femenino, personificado en la figura de la madre o la pareja (mencionada jergalmente como "la costilla"). Un ejemplo notable de esta dinámica ocurrió durante una reunión en Huanta en , donde un veterano llamó a Lurgio Gavilán "¡madre!" para insultarlo, sugiriendo que su falta de brutalidad como monitor en la década de era un signo de debilidad. Asimismo, el racismo internalizado fue una herramienta de control fundamental; los reclutas de origen campesino eran humillados por hablar quechua o discriminados en el acceso a uniformes y comida, siendo llamados "perros ayacuchanos terroristas". La perrada buscaba que el joven dejara de identificarse como "indio" o "pobre" para aspirar a ser un "soldado mestizo y masculino", legitimando la violencia sexista y de clase como pruebas de valentía.
Sexualidad y Deseo Sexual Institucionalizado: El Fenómeno de las "Charlis"
Para canalizar lo que la institución consideraba necesidades biológicas incontrolables del hombre y evitar la sodomía o la bestialidad, el Ejército facilitaba el acceso a trabajadoras sexuales conocidas como "charlis". Estas mujeres, que solían tener entre y años, eran trasladadas a las bases en helicópteros tras pasar revisiones médicas militares. El deseo era estimulado mediante la exhibición obligatoria de pornografía días antes de la llegada de las mujeres. La práctica no era privada; los soldados penetraban a las "charlis" bajo la mirada de sus compañeros y superiores, convirtiendo el acto sexual en un ritual de reafirmación heterosexual compartido. Aquellos soldados que se negaban a participar eran tildados de "maricones" o "cabritos" y podían sufrir agresiones físicas. El testimonio de Comando Tigre destaca que el servicio no era de "disfrute", sino una descarga de tensión que los soldados debían pagar con sus bajas propinas, acumulando deudas con sus superiores por el uso de la cantina y el acceso a las mujeres.
Violencia Sexual contra Civiles y Secuelas del Conflicto
Más allá de los servicios regulados, las narrativas de los veteranos revelan una alta tolerancia hacia el abuso sexual de mujeres locales y prisioneras identificadas como "terrucas". Aunque muchos soldados presentan estas historias como sexo consentido o recuerdos nostálgicos, los datos recopilados por la Comision de la Verdad y Reconciliacion () confirman que se trataba de actos de violencia sexual traumática. Se mencionan casos de mujeres capturadas que eran llevadas a las cuadras para uso de los soldados o intercambios de alimentos (arroz y azúcar) por favores sexuales en contextos de extrema pobreza y coacción militar. La violación en grupo era tolerada y, en ocasiones, alentada por oficiales como un acto disciplinario y de terror contra la población. Una secuela persistente y poco discutida es la de los "hijos dejados atrás" en las zonas de combate; Sumer cuestiona la integridad moral de los hombres que saben que tienen hijos en las montañas y no asumen su responsabilidad. El estudio concluye que estos lazos íntimos forjados en la violencia y el sexo compartido son los que mantienen la lealtad férrea de los "promos" en la vida civil, dificultando su reintegración total a una sociedad que no comprende su universo moral.
Preguntas y Discusión
Durante la investigación y las presentaciones en Huanta y Huamanga (), surgieron interacciones directas entre los investigadores y los licenciados. En una reunión de aproximadamente veteranos, uno de ellos interpeló directamente a Lurgio Gavilán recordándole su rol en los años con el apelativo de "madre". Lurgio aclaró que, aunque Jelke Boesten lo interpretó inicialmente como algo positivo referente al cuidado, en el código militar era un intento de humillación por no ejercer la violencia esperada de un monitor. Asimismo, surge la duda planteada por los propios excombatientes sobre cómo un hombre puede vivir tranquilo sabiendo que su descendencia producto de la guerra vive en la precariedad de la montaña, sugiriendo una vía para la reconciliación basada en la asunción de la paternidad responsable por parte de los victimarios.