Historia

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Trabóse una batalla muy recia en este día, de manera que los mexicanos, como borrachos, se arrojaron contra los enemigos y cautivaron muchos de los tlaxcaltecas y chalcas y tetzcucanos, y mataron muchos de ellos. Y peleando, hicieron saltar a los españoles en las acequias, y a todos los indios sus amigos. Paróse con esto el camino todo lodoso, que no podían andar por él. Aquí prendieron muchos españoles y llevábanlos arrastrando. En este lugar tomaron a los españoles una bandera, donde está la iglesia de la Santísima Concepción. Y los españoles huyeron, y siguiéronlos hasta el barrio que llaman Coloacatonco; allí se recogieron. Y los indios volvieron a coger el campo y tomaron sus cautivos, y pusiéronlos en procesión todos maneatados. Pusieron delante a los españoles, y luego a los tlaxcaltecas, y luego a los demás indios cautivos, y lleváronlos al cu que llamaban Mumuzco. Allí los mataron uno a uno, sacando los corazones; primeramente, mataron a los españoles, y después a todos los indios sus amigos. Habiéndolos muerto, pusieron las cabezas en unos palos delante los ídolos, todas espetadas por las sienes, las de los españoles más altas y las de los otros indios más bajas, y las de los caballos más bajas. 

Murieron en esta batalla cincuenta y tres españoles y cuatro caballos. En todo esto no cesaba la guerra por el agua. Matábanse unos a otros por las canoas. Y había gran hambre entre los mexicanos y grande enfermedad, porque bebían del agua de la laguna y comían sabandijas, lagartijas y ratones, etc., porque no les entraban ningún bastimento, y poco a poco fueron acorralando a los mexicanos, cercándolos de todas partes.



Capítulo XXXVI. De la primera vez que los españoles entraron en el tiánquez del Tlaltilulco



Andando la guerra como arriba está dicho, un día entraron cuatro de caballo en el tiánquiz del Tlaltilulco y dieron una vuelta por todo alrededor. Iban alanceando a cuantos topaban, y mataron muchos soldados mexicanos. Después que dieron una vuelta, atravesaron por el medio del tiánquiz; luego salieron huyendo, y salieron tras ellos muchos soldados tirándolos. Esta entrada que hicieron fue súpita, que nadie pensó que osaran entrar. Y el mismo día pusieron fuego al cu mayor, que era de Uitzilopuchtli, y todo se quemó en obra de dos o tres horas.

Como vieron los mexicanos que se quemaba el cu, comenzaron a llorar amargamente porque tomaron mal agüero de ver quemar el cu. Y luego se trabó una batalla muy recia. Dieron esta batalla casi un día, y derrocaron los españoles unos paredones o albarradas con el artillería, de donde los daban guerra. Y después de derrocados, acogéronse a las casas de que estaba cercado del tiánquiz, y subieron los soldados mexicanos sobre los tlapancos de estas casas, y de allí tiraban saetas y piedras. Y los mexicanos agujerearon aquellas casas, e hicieron de ellas guaridas para valerse de los caballos. Otra vez entraron los españoles y los indios amigos en el tiánguez, y comenzaron a robar y cautivar indios. Como vieron esto los soldados mexicanos, salieron tras ellos e hiciéronlos dejar la presa. Y aquí murió un capitán señalado de los mexicanos que se llamaba Axuquentzin. Y luego se retrajeron los españoles que peleaban de la parte de San Martín, aunque de las otras partes todavía peleaban los españoles y sus amigos. Una capitanía de soldados mexicanos hicieron una celada para tomar a los españoles y sus amigos descuidados, y dar sobre ellos a la pasada. Y algunos soldados de Tlaxcala que ayudaban a los españoles subieron sobre los tlapancos y vieron la celada, y dieron voces a los demás para que acudiesen a pelear con los que estaban celada. Como vieron los de la celada que los habían visto, huyeron. Y así pasaron aquel paso seguros para ir a su estancia. Habiendo peleado todo el día, volviéronse los españoles sin romper a sus enemigos aquel día, porque los habían quitado las puentes; de manera que no pudieron pasar a los enemigos.



Capítulo XXXVII. De cómo de noche abrían los caminos del agua que de día los cerraban los españoles



Los españoles y sus amigos cegaban de día las acequias para pasar a donde estaban los enemigos. Y todo lo que cegaban de día, los enemigos mexicanos lo tornaban de noche abrir y zanjar. En esto entendieron algunos días, y por esto se dilató la victoria por muchos días. Los españoles y los tlaxcaltecas combatían por tierra, unos por la parte que se dice Yacalco, y otros por la parte que se dice Tliloacán, y otros por la parte que se dice Atezcapan. Y de la parte del agua peleaban los de Xochimilco y los de Cuitláoac y los de Mízquic y los de Coyoacán y los de Iztapalapan. Y los tlaltelulcanos del barrio de Atliceuhyan y los del barrio de Ayácac resistían por el agua; no descansaban en la pelea. Eran tan espesas las saetas y los dardos que todo el aire parecia amarillo. Y los capitanes de los mexicanos, uno que se llamaba Xiuhcozcatzin, y otro se llamaba Cuacuauhtzin, y otro se llamaba Tecpanécatl, y otro se llamaba Tecpanécatl, y otro se llamaba Uizitzi, y otro se llamaba Itzcuintzin, éstos todos eran del barrio de Yacacolco. Todos éstos defendían las entradas porque no entrasen donde estaba recogida la gente, mujeres y niños, y peleando con gran perseverancia hicieron retraer a los ya dichos de la parte de otra acequia que se llama Amáxac.

Otra vez acometieron los españoles y llegaron a un lugar que se llama Ayácac, donde estaba una casa grande que se llamaba telpuchcalli. Posieron fuego a la casa. Y un bergantín de los españoles entró por el barrio que se llama Atliceuhyan con muchas canoas que les siguieron de los amigos. Y un capitán que se llamaba Coyoueuetzin, mexicano, que traía unas armas vestidas, la mitad de ellas era una águila y la otra mitad de un tigre, vino en una canoa de hacia la parte que se llama Tolmayecan, y seguíanle muchas canoas con gente armada. Luego comenzó a dar voces a los suyos que comenzasen a pelear, y luego comenzaron la pelea, y los españoles se retrajeron, y este capitán con los suyos los siguían. Y retrajéronse hacia un lugar que se llama Atliceuhía; también los bergantines se retrajeron hacia la laguna. De este alcance morieron muchos xochimilcanos.

Otra vez tornaron los españoles; encerráronse en un cu que se llama mumuztli. Y otra vez volvieron tras los españoles hasta donde estaba telpuchcalli, que llaman Atliceuhyan. Volvieron otra vez los españoles tras los indios con Coyoueuetzin en el acequia. Revolvió un capitán mexicano que se llamaba Itzpapalotzin, otomí; hizo retraer a los españoles a los bergantines. Entonces cesó la batalla, y los del pueblo de Cuitláoac, pensando que su señor, que se llamaba Mayeoatzin, quedaba muerto con los demás, enojáronse mucho contra los mexicanos entre los cuales estaba su señor. Dijeron: «¿Por qué habéis muerto a nuestro señor?». Y su señor, que estaba vivo, como supo que sus vasallos estaban enojados, habló al capitán Coyoueuetzin, y díjole: «Señor hermano, busca a una de sus soldados valientes que tenía recia voz». Y Coyoueuetzin llamó a un capitán que se llamaba Tlamayócatl, y el señor de Cuitláoac díjole: «Ve y di a mis vasallos que yo te envío para que les digas que estoy vivo, y que mire acá, y verme han». Como aquel capitán habló a los de Cuitláoac y les dijo lo que les había mandado el señor Mayehoatzin, ellos no quisieron creerle, mas dijeron que le habían muerto y que no era verdad lo que les decían. Y el otro respondió: «No es muerto como pensáis. Mirad y verléis adonde está vivo, que allí se puso para que le veáis». Y habló el señor de Cuitláoac, y dijo: «Mirad, que no me perdáis nada de mis atavíos y joyas y armas, que vivo estoy». Como dijo estas palabras el señor de Cuitláoac, luego los indios amigos de los españoles comenzaron a dar grita y a pelear contra los mexicanos, y metiéronlos hasta dentro del tiánquiz, adonde se vende el copal, y allí pelearon gran rato.

Otra vez entraron en consejo nuestros enemigos para acometernos y destruirnos, en especial los otomíes de Tlaxcala y otros capitanes muchos, y determinaron de, entrar por una calle que estaba junto donde es ahora San Martín. Y la calle iba derecho a una casa de un pilli tlaltelulcano, que se llamaba Tlacatzin. Y luego los salieron al encuentro los del Tlaltelulco, un capitán que se llamaba Tlappanécatl, que iba delante; pero los que iban con él arrojáronse sobre los enemigos con gran furia y tomáronles al capitán que llevaban preso, que se llamaba Tlappanécatl; pero escapó con una herida en una pierna. Y cesó la guerra por entonces.



Capítulo XXXVIII. Del trabuco que hicieron los españoles para conquistar a los del Tlaltelulco



Como los indios mexicanos todos estaban recogidos en un barrio que se llama Amáxac y no los podían entrar, ordenaron de hacer un trabuco, y armáronle encima de un cu que estaba en el tiánquiz, que llaman mumuztli. Y como soltaron la piedra, no llegó a donde estaba la gente; cayó mucho más atrás, junto a la orilla del tiánquiz. Y como salió el tiro en vacío, comenzaron los españoles a reñir entre sí. Como vieron que por vía del trabuco, no pudían hacer nada, determináronse acometer al fuerte adonde estaban los mexicanos, y pusiéronse todos en ordenanza. Ordenaron sus escuadrones, y comenzaron a ir contra el fuerte. Y los mexicanos, como los vieron ir, escondíanse por miedo del artillería. Y los españoles iban poco a poco llegándose al fuerte, muy bien ordenados y muy juntos. Y uno de los mexicanos del Tlaltelulco, que se llamaba Chalchiuhtepeoa, púsose en celada con otros soldados que llevaban consigo, con propósito de herir a los caballos. Y como llegaron los españoles adonde estaba la celada, hirieron a un caballo. Luego el español cayó en tierra, y los mexicanos le tomaron. Y luego salieron todos, porque salieron todos los mexicanos valientes que estaban en el fuerte, e hicieron gran daño en ellos, en los amigos de los españoles. Y así se retrajeron otra vez al tiánquiz, al lugar donde llaman Copalnamacoyan, adonde estaba un baluarte. Después de esto, todos los indios enemigos de los mexicanos, que tenían cercados a los mexicanos, concertaron de cegar una laguna que les hacía mucho embarazo para entrar al fuerte de los mexicanos. Llamábase esta laguna Tlaixcuipan, que estaba cerca donde está ahora la iglesia de Santa Lucía Y así otro día muy de mañana cargáronse de piedras y de tierra y de adobes y de madera de las casas que derrocaban, y robaron todas las casas que estaban por allí cerca. Visto los mexicanos lo que hacían los enemigos, sacaron escondidamente cuatro canoas con gente de guerra, cuatro capitanes con ellos, el uno que se llamaba Topantemoctzin, y el otro Tlacotzin, y el otro Temilotzin, y el cuarto que se llamaba Coyoueuetzin. Como estuvieron a punto, comenzaron a remar reciamente, y fueron contra los que cegaban la laguna dos canoas por la una parte y otras dos por la otra. Luego comenzaron a pelear y muchos murieron, unos en el agua, otros en tierra, otros echaban a huir y caían entre los maderos que habían puesto. Y de allí los sacaban arrastrando los mexicanos, llenos de lodo. Murieron muchos en este recuentro aquel día.

Y otro día luego los españoles acometieron el fuerte, que era donde llaman Amáxac, donde está la iglesia de la Concepción, y pelearon gran rato. Y finalmente llegaron a donde estaba el bagaje de los mexicanos. Y como llegaron a una casa grande que se llama telpuchcalli, adonde estaba mucha gente, subiéronse a las azoteas de aquella casa, y todos los que estaban en la casa dieron consigo en el agua, por huir. Y un capitán que se llamaba Uitziloatzin, con muchos soldados que estaban sobre los tlapancos comenzaron a resistir a los españoles, poniéndose por muro para que no pasasen adonde estaba el bagaje. Y los españoles arrojáronse contra ellos y comenzaron a matar en ellos y a destrozarlos. Y salieron otros soldados en favor de aquéllos, de manera que no pudieron los españoles pasar adonde querían, y retrajéronse.

Y otro día los españoles pegaron fuego aquella casa en la cual había muchas estatuas de los ídolos. Los españoles peleaban contra los mexicanos ya dentro del fuerte. Y a las mujeres y niños “no los hacían mal, sino a los hombres que peleaban. Aquel día despartió la noche la pelea. Y otro día los españoles y todos los amigos comenzaron de caminar hacia donde estaban los mexicanos en su fuerte. Y los mexicanos quisieron hacer una celada para resistir a los españoles la entrada, y no pudieron. Viéronlos, y así los españoles comenzaron a pelear, casi un día duró la pelea. A la noche retrajáronse a sus estancias, y a la mañana determinaron de romper. Y cercáronlos de todas partes, de manera que por ninguna parte podían salir. Y estando en esta estrechura, murieron muchos indios y mujeres pisados y acozeados. Y estando en esta pelea, las mujeres también peleaban, cegando a los contrarios con agua de las acequias, arrojándosela con los remos.

Estando ya los mexicanos acosados de todas partes de los enemigos, acordaron de tomar pronóstico o agüero, si era ya acabada su ventura, o si los quedaba lugar de escapar de aquel gran peligro en que estaban. Y habló el señor de México que se llamaba Cuauhtemoctzin, y dijo a los principales que con él estaban, el uno de los cuales se llamaba Coyoueuetzin, y otro Temilotzin, y otro Topantemoctzin, y otro Auelitoctzin, y otro Mixcoatlailotlactzin, y otro Tlacotzin, y otro Petlauhtzin: «Hagamus experiencia a ver si podemos escapar de este peligro en que estamus. Venga uno de los más valientes que hay entre nosotros, y vístase las armas y divisas que eran de mi padre Auitzotzin». Luego llamaron a un mancebo, valiente hombre, que se llamaba Tlapaltécatl Opuchtzin, que era del barrio de Coatlan, donde es ahora la perrocha de Santa Catalina, en el Tlaltelulco. Aquél le habló el señor Cuauhtemoctzin y le dijo: «Veis aquí estas armas que se llaman quetzaltecúlotl, que eran armas de mi padre Auitzotzin. Vístetelas y pelea con ellas, y matarás a algunos. Yean estas armas nuestros enemigos; podrá ser que se espanten en verlas». Y como se las vestieron, pareció una cosa espantable, y mandaron a cuatro capitanes que fuesen delante de él, de cada parte dos, aquel que iba armado con las armas de Auitzotzin, en las cuales tenían gran agüero que saliendo luego los enemigos habían de huir. Diéronle también el arco y la saeta de Uitzilopuchili, que tenían También guardado por reliquias, y teníanse en aquel arco y saeta que cuando saliesen no podían ser vencidos. Aquella saeta tenía un casquillo de pedernal. Estando estos cinco puestos a punto, un principal mexicano, que se llamaba Cioacóati Macotzin, dio voces, diciendo a los cinco que estaban a punto: «¡Oh, mexicanos! ¡Oh, tlaltelulcanos! El fundamento y fortaleza de los mexicanos en Uitzilopuchtli es ésta, el cual arrojaba sobre los enemigos su saeta que se llamaba xiuhcóatl y mamaloactli. La misma saeta lleváis ahora vosotros, que es agüero de todos nosotros. Mirad que la enderezáis contra vuestros enemigos para que haga tiro y no se pierda en balde. Y si por ventura con ella matardes o cautivardes alguno, tenemos certidumbre y pronóstico que no nos perderemos de esta vez, sino que quiere nuestro Dios ayudarnos». Y dichas estas palabras, aquel que estaba armado, con los otros cuatro comenzaron a ir contra los enemigos. Y los enemigos, como los vieron, así los españoles como los indios, cayólos grande espanto; no los pareció cosa humana. Y aquel que iba armado con quetzaltectilotl subióse a una agotea. Y los enemigos paráronse a mirarle qué cosa era aquélla; y como conocieron que era hombre y no demonio, acometiéronle peleando e hiciéronle huir. El quetzaltecúlotl tornó tras ellos con “los que con él iban, e hizolos huir. Y subió otra vez en el tlapanco donde los tlaxcaltecas tenían quetzales y cosa de oro robadas, y tornóselas. Y volvió a saltar del tlapanco abajo y no se hizo mal ninguno, ni le pudieron cautivar los enemigos, mas antes los que iban con él cautivaron tres de los enemigos. Y por entonces cesó la pelea. Volviéronse todos a sus ranchos, y el día siguiente tampoco pelearon. 

Aquí se ponen los nombres de los capitanes y valientes hombres mexicanos y tlaltelulcanos que se hallaron en esta guerra: uno de ellos era tlacochcálcatl, que quiere decir «capitán general», que se llamaba Coyoueuetzin; otro Tzilacatecutli; otro Temilotzin; estos eran tlaltelulcanos. De los mexicanos, uno se llamaba Cioacóatl Tlacotzin, otro Uitznaoácatl, otro Motelchiuhtzin. Estos eran valientes hombres de México y del Tlaltelulco.

 

Capítulo XXXIX. De cómo los del Tlaltelulco, cuando estaban cercados, vieron venir fuego del cielo sobre sí, de color sangre”



El día siguiente, cerca de medianoche, lluvia menudo y a deshora, vieron los mexicanos un fuego, así como torbellino, que echaba de sí brasas grandes y menores, y centellas muchas remolineando y respendando, estallando. Y anduvo alrededor del cercado o corral de los mexicanos, donde estaban todos cercados que se llama Coyonocacco. Y como hubo cercado el corral, tiró derecho hacia el medio de la laguna; allí desapareció Y los mexicanos no dieron grita, como suelen hacer en tales visiones; todos callaron por miedo de los enemigos.

Otro día después de esto no pelearon. Todos estuvieron en sus ranchos. Y don Hernando Cortés subióse encima de una azotea de una casa del barrio de Amaxac; esta casa era de un principal tlaltelulcano que se llamaba Actaoatzin. Desde aquel tlapanco estaba mirando hacia el cercado de los enemigos; allí, encima de aquel tlapanco, le tenían hecho un pabellón colorado desde donde estaba mirando; y muchos españoles estaban alrededor de él hablando los unos con los otros. Es muy verosímil que el capitán don Hernando Cortés había enviado muchos mensajeros al señor de México, Cuauhtemoctzin, para que se rendiesen ante que los matasen a todos, pues ya no tenían ningún remedio. Y en este punto en que estaba ahora el negocio de la guerra es cosa muy cierta que ya el señor de México, Cuauhtemoctzin, había dado la palabra a los mensajeros del capitán don Hernando Cortés que se quería rendir. Y a este propósito se puso en el pabellón, en el tlapanco, el capitán don Hernando Cortés, esperando a que viniese a su presencia el señor de México, Cuauhtemoctzin, con los demás principales, a ponerse en, sus manos. Y así, estando sobre el tlapanco, don Hernando Cortés en su pabellón, el señor de México, Cuauhtemoctzin, con todos los principales que con él estaban, viniéronse a donde estaba el marqué, en canoas. Cuauhtemoctzin iba en una canoa, e iban dos pajes con él, que llevaban sus armas; y uno solo iba remando en la canoa, que se llamaba Cenyáutl. Y cuando le llevaban a la presencia del capitán don Hernando Cortés comenzaron toda la gente mexicana que estaba en el corral diciendo: «Ya va nuestro señor rey a ponerse en las manos de los dioses españoles».



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De las cosas arriba dichas parece claramente cuánto temporizó y disimuló el capitán don Hernando Cortés con estos mexicanos por no los destruir del todo, ni acabarlos de matar. Porque según lo arriba dicho, muchas veces pudieron acabarlos de destruir y no lo hizo, esperando siempre a que se rendiesen, para que no fuesen destruidos del todo.