Cap 2 - Te voy a contar tu historia (copy)

S i Los Millares fue la primera ciudad digna de ese nombre en la península ibérica y El Argar creó la cultura más compleja del Bronce occidental, en el lado opuesto de lo que hoy es Andalucía iba a nacer el primer Estado propiamente dicho de España: Tartessos. «Los de Tarsis comerciaban contigo, henchían tus mercados con gran copia de toda suerte de riquezas: de plata, de hierro, de estaño y de plomo», dice en la Biblia Ezequiel (27, 12-13). Eso era Tartessos: un foco de civilización con su propia estructura política y con un nivel de desarrollo comercial que iba a proyectarse sobre todo el Mediterráneo.

Tartessos es uno de los grandes enigmas de la historia universal. A la altura del año 1200 a.C., en torno a la desembocadura del Guadalquivir comenzó a formarse un núcleo comercial y político sustentado sobre la ganadería extensiva y la extracción de metales. El momento es decisivo: Europa está pasando del Bronce al Hierro al mismo tiempo que los navegantes mediterráneos dibujan nuevas rutas en las aguas. Tartessos está en el lugar indicado: el estrecho que separa el viejo mar de las aguas atlánticas. El núcleo inicial crece en torno a las desembocaduras del Tinto y el Odiel, lo que hoy es la ría de Huelva; a medida que crece la riqueza, se expande también la influencia del mundo tartésico Guadalquivir arriba y hasta la cuenca del Guadiana, por el norte, y el Algarve por el oeste. Por su situación privilegiada, el lugar se convierte en foco de atracción para los navegantes que surcan la ruta de los metales bordeando el litoral atlántico hacia el norte. Y para metales, los nuestros: «Un mercado muy próspero, la llamada Tartessos, ciudad ilustre, regada por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre de Céltica», dice el griego Éforo de Cime en el siglo IV a.C. (sí, llama «Céltica» a la península ibérica). Con el comercio crece la riqueza y con ésta crece a su vez la influencia política de Tartessos.

REYES DE LEYENDA… Y ALGO MÁS

¿Cómo era Tartessos? Es imposible contestar a esta pregunta. La mayor parte de su historia pertenece a la leyenda. Más precisamente, a las leyendas griegas. Ahí están los viejos reyes: Gerión, Nórax, Gárgoris y Habis. Gerión figura entre los trabajos de Hércules: era aquel gigante con tres cuerpos al que el forzudo semidiós robó el ganado. Nórax es una figura algo menos fantástica, pero igualmente mítica: un rey de Tartessos que llevó a los iberos hasta Cerdeña y allí fundó la ciudad de Nora en compañía del dios Hermes. Gárgoris era rey de los cunetes o cinetes o conios, uno de los pueblos que componían Tartessos: de él se cuenta que dejó a su hija preñada y trató de matar al retoño, pero éste, haciendo frente a mil peligros, logró sobrevivir; por el camino, Gárgoris inventó la apicultura. El retoño en cuestión fue el cuarto rey, Habis, que en este linaje, y siempre según fuentes más mitológicas que históricas, adopta el perfil del estadista: somete a los pueblos bárbaros vecinos, dicta las leyes de Tartessos, inventa la agricultura con arado, distribuye a la población en siete ciudades y divide a los tartesios según su clase prohibiendo a los ciudadanos el trabajo servil, lo cual significa que dio carta legal a la esclavitud. Sólo después, mucho después, aparece el primer rey histórico, Argantonio, del cual nos cuenta el griego Heródoto que reinó ochenta años (entre 630 y 550 a.C.) y vivió hasta la edad de ciento veinte. Argantonio fue el último rey; con él desapareció Tartessos.

¿Qué nos podemos quedar de todas estas leyendas? Muchas cosas, ciertamente. Para empezar, nos queda clara la imagen de Tartessos como potencia ganadera, con grandes rebaños pastando en los verdes valles del Guadalquivir y el Guadiana. Cabe señalar que, en la época, la boca del Guadalquivir llegaba hasta más allá de donde hoy está Coria del Río. Aprendemos, además, que en el país se practicaba una agricultura avanzada (por el uso del arado) y también artes más complejas como la apicultura. La interacción con los fenicios debió de ser lo suficientemente intensa como para que los griegos atribuyan a los tartesios la fundación de Nora en Cerdeña (enseguida hablaremos de los fenicios). Además, los relatos nos dejan entender que la población, o al menos el estrato dominante, era de origen indoeuropeo: ahí están esos cunetes o conios, que van a pervivir como un pueblo diferenciado hasta la invasión romana y que probablemente eran indoeuropeos preceltas (recordemos que Éforo de Cime llamaba «céltica» al país). Hoy de los conios nos queda el pueblo de Conil de la Frontera, que no es poca cosa. En el mismo sentido, el nombre de Argantonio es de raíz claramente indoeuropea con el significado de «hombre de plata». Sobre la asombrosa longevidad de este rey, muchos piensan que en realidad se trata no de un hombre, sino de una dinastía, lo cual parece bastante verosímil. Y todo ello en un reino organizado en torno a una rígida estructura social, con economía de base esclavista y una legislación eficiente, lo cual exige a su vez una fuerza pública capaz de imponer la ley, es decir, un ejército. Eso era Tartessos.

Por desgracia, apenas quedan restos físicos de aquella civilización. Por su localización geográfica, el tiempo y la erosión han borrado casi todo vestigio en la boca del Guadalquivir y en la ría de Huelva, que fue el centro de aquel mundo. Pero lo que en los últimos años ha aparecido ríos arriba, hacia el interior del mundo tartésico, es altamente sugestivo. Los yacimientos de Cancho Roano y el Turuñuelo, en Badajoz, o de Alisada, en Cáceres, nos hablan de grandes construcciones de técnica muy depurada, con un dominio admirable de los volúmenes y un profundo sentido estético de la arquitectura ceremonial. Es verdad, no obstante, que algunas de estas construcciones fueron reutilizadas posteriormente, de manera que no siempre es fácil saber cuál fue su perfil original. Pero Tartessos nos dejó otras huellas que sí son inequívocas, y éstas, aunque relativamente escasas, dan la medida de la riqueza de aquella civilización: los tesoros.

El tesoro del Carambolo. El tesoro de Aliseda. La diadema de Ébora. El bronce de Carriazo. Una metalurgia finísima y un evidente gusto por la ostentación. Los trabajos de oro son excelentes. Han aparecido diademas, brazaletes, collares, pectorales. El análisis de los objetos demuestra un trabajo muy elaborado del metal: laminados, troquelados, fundidos a la cera perdida, soldados… También se observa claramente que en su interior debieron de albergar, engastadas, piedras de calidad. Y sobre todo: la gran mayoría de las joyas muestra un estilo inequívocamente fenicio. Aún más: una de las piezas del Carambolo es una diosa Astarté, fenicia, que contiene una inscripción igualmente fenicia. Esa inscripción dice así: «Este trono hizo Baal-yatón, hijo de Damilku y Abd-Baal, hijo de Danmilku, hijo de Yishal, para Astarté de la Gruta, nuestra señora, cuando ella escuchó el sonido de sus plegarias». Fenicios, en efecto. Tartessos tiene un origen claramente autóctono, pero su desarrollo habría sido imposible sin la aportación foránea, y aquí es preciso hablar de las dos grandes influencias que en aquel momento entran en la península: los fenicios y los griegos.

ENTRE FENICIOS Y GRIEGOS

Los fenicios son los cananeos de la Biblia y los púnicos de los romanos: un pueblo asentado en el litoral mediterráneo de Asia, desde el sur de la actual Siria hasta el Líbano y el norte de Israel. No eran exactamente un Estado, sino más bien una sociedad mercantil: una confederación de ciudades (Tiro, Biblos, Sidón) cuyos reyes eran elegidos por los clanes comerciales más poderosos. Porque el comercio era, en efecto, su fuerte: herederos de las culturas del medio oriente y grandes navegantes, se las arreglaron para construir un imperio sobre la base de la exportación y la importación y aupados en la superioridad material de su civilización. A los fenicios se les atribuye la expansión por toda la cuenca mediterránea del laboreo de la sal, la conserva del pescado en salazón, la industria de la púrpura, el torno de alfarero y la escritura alfabética, entre otras cosas. Una pieza clave del comercio en la época eran los metales, y cuando descubrieron la riqueza minera peninsular debieron de ver el cielo abierto. Eso ocurrió hacia el año 1000 a.C., aproximadamente. Se cree que el nombre de España proviene precisamente de aquí: «I-span-ya», que en lengua fenicia significa «tierra de metales» (y no «tierra de conejos», como creyeron los romanos).

En sus correrías, los fenicios habían abierto ya rutas por todo el norte de África, el sur de Italia y hasta las islas Baleares. En el litoral sur español fundaron asentamientos en Cádiz (Gadir), Málaga (Malaca), Almuñécar (Sexi) y Adra (Abdera). El más importante, con diferencia, fue Cádiz: vecina de Tartessos y excelentemente situada de cara a las rutas marítimas, la base fenicia de Cádiz permitía controlar el comercio de metales tanto de las rutas atlánticas, con el estaño que venía desde Galicia y Britania, como de las explotaciones de cobre de Riotinto. La interacción de los fenicios con Tartessos debió de ser intensísima, a juzgar por los estilos arqueológicos. Pero los fenicios no eran conquistadores: no tenían los medios ni el espíritu. Eran comerciantes. De manera que sus colonias no eran propiamente tales, con la correspondiente dependencia política, sino más bien enclaves de mercado. Lugares donde, eso sí, dejaban honda huella por su perfección técnica.

El único límite que tenían los navegantes fenicios, bien a su pesar, eran otros navegantes: los griegos, que muy pronto se convirtieron en competidores de los cananeos. Si los fenicios establecieron rutas en el litoral sur del Mediterráneo, los griegos hicieron lo propio en el litoral norte: la península itálica, Sicilia, la Costa Azul y la costa de lo que hoy es Cataluña y Valencia. Los primeros asentamientos que fundaron en nuestro suelo fueron Rosas (Rhodas), Ampurias (Emporion), Denia (Hemeroskopeion) y Alicante (Akra Leuke). A los griegos se les atribuye la introducción de la moneda, el olivo y la vid, el asno y la gallina, entre otras aportaciones. Como sus competidores del sur, los griegos tampoco estaban interesados en formar un imperio. Los griegos que llegan aquí proceden en su mayoría de Focea, en la actual Turquía, que era una de las grandes ciudades comerciales del mundo heleno. Lo que les interesaba era crear puestos comerciales rentables. Fue así como llegaron hasta Tartessos. Heródoto lo cuenta en su Historia : «Era entonces Tartessos para los griegos un imperio virgen y reciente que acababan de descubrir. Allí negociaron también con sus géneros, que ninguno les igualó jamás en la ganancia del viaje (…). Habiendo llegado a Tartessos, supieron ganarse toda la confianza y amistad del rey de los tartesios, Argantonio». Nuestro viejo Argantonio, en efecto, invitó a los griegos a instalarse en su reino. No era consciente de que con ello iba a desencadenar una catástrofe.

LA BATALLA DE ALALIA

Viajemos al otro extremo del Mediterráneo, donde las tierras de los fenicios están viviendo tiempos oscuros. Desde tiempo atrás, los asirios intentan someter a las ricas ciudades de Sidón, Tiro y Biblos. En el año 677 a.C., el rey asirio Asarhaddón destruye Sidón. Tampoco Tiro tardará en caer bajo el poder de los babilonios. La vida se ha hecho difícil en el viejo país. Así las cosas, los fenicios ponen sus ojos en una joven colonia fundada en el occidente del mar: Cartago.

Qart Hadast, «Ciudad nueva»: un asentamiento fundado por los fenicios alrededor del año 820 a.C. en el actual Túnez. Ahora, a la altura del siglo VI a.C., Cartago ofrece una nueva vida en un entorno mucho más tranquilo. Numerosos fenicios buscan cobijo allá. La «Ciudad nueva» no tarda en reemplazar a los viejos centros en el liderazgo de la red comercial. Nuevas familias de oligarcas comerciales se hacen con el control del tráfico. Las viejas colonias —Cádiz, Útica, Tánger— pasan a depender de Cartago. Y naturalmente, los cartagineses quieren también controlar Tartessos.

Argantonio sabe lo que está pasando en Fenicia, donde se cierran los mercados, y ve también cómo Cartago se está convirtiendo en un poder temible. Si no quiere caer bajo la bota cartaginesa, nuestro viejo rey no tiene otra opción que apostar por los griegos. Tal vez por eso les ofrece instalarse en sus tierras; tal vez por eso les regala 1.500 kilos de plata, como dicen las fuentes griegas. Los cartagineses, por su parte, tampoco ignoran lo que hay en juego: si pierden la fuente española de los metales, si los griegos ganan la partida, Cartago recibirá un golpe atroz. La guerra es inevitable.

La guerra fue naval, evidentemente. Los griegos se acababan de instalar en Córcega; desde su base en la ciudad de Alalia hostigaban las rutas de los cartagineses en el Mediterráneo occidental. A ese punto preciso acudirán los de Cartago, y no lo harán solos: buenos negociantes, han obtenido la alianza de los etruscos, también interesados en expulsar a los griegos de aquellas aguas. Heródoto nos lo cuenta. Corre el año 537 a.C. Los griegos, bien curtidos en la guerra naval, cuentan con sesenta naves. Cartagineses y etruscos alinean casi el doble. La batalla se libra al sur de Alalia, en las aguas que separan Córcega de Cerdeña. La victoria es para los griegos, excelentes tácticos, pero a costa de pérdidas tan graves que nada les queda para defender sus posiciones. Después de la batalla, los barcos griegos supervivientes recogen a las familias asentadas en Alalia y abandonan el lugar. Cartago queda como única dueña del Mediterráneo occidental. Argantonio está perdido.

No sabemos qué pasó después: al marcharse los griegos, desaparecieron las pocas fuentes que nos dan noticia de Tartessos. Lo único cierto es que, a partir de ese momento, Tartessos entró en rápida decadencia y quedó borrada de la historia. Tal vez los fenicios de Cartago, al verse dueños del mar y sin ningún competidor que les hiciera sombra, impusieron a los tartesios unas condiciones tan abusivas que redujeron drásticamente los beneficios del viejo reino de Argantonio. O tal vez, simplemente, los cartagineses pensaron que para qué necesitaban a la incómoda Tartessos si ya controlaban completamente Cádiz. El hecho, en todo caso, es que Tartessos se borró. Ni siquiera sabemos cómo murió Argantonio.

El Estado tartésico se descompuso. En su lugar aparecieron pequeños reinos sobre la base de los pueblos que habían formado aquel prodigio: los turdetanos, los túrdulos, los conios. Siguieron comerciando con los cartagineses. Siguieron practicando la minería de metales y la agricultura a gran escala. Siguieron siendo una sociedad altamente desarrollada, como constataron los romanos cuando llegaron aquí. Pero aquello ya no era Tartessos.