LA INFLUENCIA DE LA CULTURA

LA INFLUENCIA DE LA CULTURA

Los grandes interrogantes sobre la identidad remite n, hoy en día y con inusitada  frecuencia, a la cuestión de la cultura. Se pretende ver cultura en todas partes y se quiere  encontrar una identidad para todas sus manifestaciones nes. De hecho, todas las referencias  identitarias la incorporan en mayor o menor grado en sus esquemas interpretativos. De un  modo más preciso, la reciente proliferación de la ' moda' identitaria no es sino la prolongación  del fenómeno de exaltación de la diferencia surgido   en los años ochenta del pasado siglo, y  que ha estado en la base de movimientos ideológicos  muy diversos pero que podemos situar  en los extremos de la amplia panoplia multiculturalista que va desde un cierto tipo de  integracionismo diferencialista hasta una segregación extrema de los diferentes grupos  humanos ( Vg.,  que cada cual se quede en su lugar para seguir sien do uno mismo). Sin  embargo, si las nociones de cultura y de identidad  cultural tienen en buena parte una fuerte  vinculación, no deben ser confundidas. La cultura  puede funcionar sin necesidad de que exista  conciencia  identitaria,  mientras  que  las  estrategias  identitarias  pueden  manipular  e  incluso modificar  una  cultura,  hasta  el  punto  de  hacerla  irreconocible  y  sin  nada  en  común  con  lo  que era   anteriormente.   Así,   mientras   las   culturas   responden   en   buena   medida   a   procesos inconscientes, insertos en la actividad de los problemas que la crean, la identidad remite a una norma  de  pertenencia  necesariamente  consciente  y  explicitada,  puesto  que  está  sustentada por oposiciones simbólicas, la más simple de las cuales es la de "ellos" frente a "nosotros". Los acontecimientos históricos que han jalonado el final del siglo XX (y proyectado en el  XXI)  se  han  configurado,  en  su  mayor  parte,  en  torno  a  unas  supuestas  identidades  en conflicto  (Yugoslavia,  Cáucaso,  Argelia,  Grandes  Lagos  africanos,  Sudán,  etc.).  Sin  embargo, todas  y  cada  una  de  las  'identidades'  reclamadas  no  son,  en  el  mejor  de  los  casos,  sino  una construcción  social  y  cultural  (Berger  y  Luckman,  1968),  una  construcción  política  o  ideológica y,  en  definitiva,  una  construcción  histórica.  Y,  como  es  sabido,  no  existe  una  identidad  natural que  prevalezca  y  se  nos  imponga  por  sí misma  (Baugnet,  1998).  Las  expresiones  lingüísticas, tales como "natural de un país", o la referencia a una sedicente "identidad primordial " o a una “cultura  de  origen”  no  son  sino  desafortunadas  y  calenturientas  manifestaciones  lingüísticas que  poco  o  nada  tienen  que  ver  con  la  naturaleza  o cualquier  otro  substrato  ajeno  a  las operaciones humanas.  Como  afirma  Río  Ruiz  (2002:  84  y  ss.),  frente  a  las  teorías  primordialistas,  los enfoques  constructivistas  muestran  una  explicación más  amplia  y  adecuada  del  fenómeno étnico  que  la  ofrecida  por  el  primordialismo  cultural.  En  primer  lugar,  estas  teorías  inciden  en que,  antes  que  la  etnicidad  aparece  como  un  hecho  construido  socialmente  a  través  de contactos sociales entre grupos que utilizan los marcadores culturales de manera estratégica y selectiva14.  Por  otra  parte,  frente  al  escaso  interés  de  los  primordialistas  por  la  variabilidad histórica y la dimensión política de los fenómenos identitarios, las visiones constructivistas sí se centran   en   cómo   los   cambios   en   los   escenarios   históricos   en   los   que   coexisten   y frecuentemente  compiten  dos  o  más  grupos  étnicos  modifican  los  fines  estratégicos  para  los que se movilizan y utilizan los símbolos étnicos, así como las condiciones, pautas de expresión y trascendencia política de las diferencias culturales en la escena colectiva.El   error   más   común   en   la   mayoría   de   los   análisis   consiste   en   imputar   la irreductibilidad de la diferencia al peso de la cultura o, más exactamente, a la relación exclusiva que cada uno se supone que mantiene con "su" cultura. Pero,  ya sabemos (Weber, 1977) que el  hombre  es  un  animal  atrapado  en  las  telas  de  significados  que  el  mismo  teje,  ya  que  toda actividad produce significados y símbolos. Y en base a esta actividad, a menudo distorsionada, es como "el racismo se incuba en el interior del etnocentrismo, y éste, la tendencia a considerar al  propio  grupo  como  portador  de  valores  universales,  con  el  consiguiente  desprecio  hacia  el Otro,  acompaña  al  hombre  desde  las  primeras  formas de  organización  de  la  convivencia" (Elorza,  1999:  12).  Es  por  ello  por  lo  que  los  fraccionamientos  identitarios  son  realidades palpables y, a menudo, patológicas en la organización de las relaciones entre grupos humanos. Comprender un fenómeno social, económico o político revierte en descifrar su "razón cultural",  es  decir,  qué  trama  de  antecedentes  lo  explican.  Pero  esta  "razón  cultural"  no determina  nuestras  acciones,  ni  tampoco  se  plasma  en  una  totalidad  o  un  sistema  tangibles. Sin  embargo,  el  culturalismo  se  empeña  en  considerar  que  una  cultura  (cualquier  cultura)  se compone  de  un  cuerpo  estable  y  cerrado  sobre  sí  mismo  de  representaciones,  creencias  o símbolos,   que   tendría   una   fuerte   afinidad   con   opiniones,   actitudes   o   comportamientos concretos.