2. EL DESARROLLO PSICOMOTOR DE LOS NIÑOS/AS DE 0 A 6 AÑOS

El desarrollo psicomotor se caracteriza por ser un proceso progresivo y dinámico que avanza de manera gradual a lo largo de la infancia. 

Es fundamental tener en cuenta que cada niño niño sigue ritmos individualizado, por lo que la adquisición de habilidades motrices y coordinativa pueden variar significativamente entre uno y otro, no obstante, de forma general, se reconocen cuatro leyes que inciden en la maduración estas son:

  • Ley cefalocaudal: indica que los elementos corporales cercanos a la cabeza se controlan antes que los más alejados, por ejemplo, los brazos son controlados, antes que las piernas.

  • Ley próximodistal: los elementos corporales más próximo al eje central del cuerpo, adquieren control motor antes que los distantes, por ejemplo, el niño logra primero controlar el movimiento del codo y posteriormente adquiere el control de la muñeca y los dedos. 

  • Ley de actividades en masa a las específicas: el control de los músculos de mayor tamaño se adquiere con anterioridad.

  • Ley de desarrollo de flexores y extensores: la capacidad para coger objetos se adquiere previamente a la capacidad para soltarlo por ejemplo, cuando un bebé agarra un mechón de pelo y necesita ayuda para abrir su mano.

Diversos estudios, entre ellos los realizados por Palacios, Marchesi y Coll (2021), señalan que aunque existe variabilidad individual el desarrollo psicomotor, se concreta de manera generalizada en una secuencia observable a través de la etapa de la infancia, como un recorrido.

En el primer año de vida, el bebé inicia su travesía, moviéndose principalmente por reflejos congénitos, respuestas automáticas que le conectan con el mundo y le permiten explorar de manera intuitiva.

Entre uno y dos años, el niño empieza a descubrir el espacio que le rodea: corre, juega y sube escaleras. Sus manos comienzan a explorar con mayor precisión, observándose en la capacidad para pasar páginas de un libro, manipular objetos y experimentar con agarres. También se inicia el control de esfínteres, principalmente, durante el día.

Durante los dos y tres años, el camino se llena de desafíos más complejos. La motricidad gruesa, si afianza salta con los pies juntos, baja escaleras con seguridad y se desplaza con mayor confianza. La motricidad fina se desarrolla progresivamente, permitiendo dibujar con mayor control y manipular objetos. Al mismo tiempo, el control de esfínteres se consolida.

Entre los tres y cuatro años, el niño amplía su repertorio motor y comienza a dominar acciones más coordinadas, donde andar de puntilla, dar patadas a una pelota y mantener el equilibrio en superficies estrechas, se convierte en un desafío superable. La motricidad fina permite ensartar, repasar y realizar tareas que requieren precisión. La lateralización de la mano se inicia favoreciendo una mayor autonomía en sus rutinas.

De cuatro a cinco años el recorrido se centra en el afianzamiento del control corporal, se mejora el equilibrio, el ritmo y la coordinación general. La motricidad fina avanza hacia la escritura de algunas letras y el dibujo de ciertas figuras geométricas. Además, se inicia la lateralización del ojo.

Finalmente, entre cinco y seis años, el niño consolida la estructuración del esquema corporal. La motricidad fina alcanza mayor control y precisión, la lateralización de la mano y del ojo se afianza y comienza la lateralización del pie.