La cultura final de la Guerra Civil presentaba un panorama desolador, con difícil agruparlos en corrientes o tendencias. En los años 40, se distinguen dos corrientes poéticas: la poesía arraigada, que busca esteticismo y la perfección formal del poema, olvidándose de la problemática española, y la poesía desarraigada, que muestra su desasosiego existencial y los primeros indicios de una protesta social y política.
En los años 50, un grupo de poetas que habían militar en la poesía desarraigada comenzó a escribir poesía social, escribir con un lenguaje fácil de entender y denunciar los males de la sociedad. En los años setenta, ante al agotamiento de la poesía social, surge la generación del 50, formada por autores como Ángel González, José Agustín Goytisolo, y Gloria Furtes. Esta generación crea una poesía ligada a la experiencia personal y hay gran presencia de lo íntimo, del gusto por el recuerdo y de la expresión de la subjetividad.
En los años setenta, surge la generación del 68, con autores enfluenciadas de autores extranjeros, experimentando con el lenguaje y tratando los motivos de la sociedad de consumo. Desde 1975, encontramos diferentes corrientes poéticas, incluyendo la poesía de la experiencia con Luis García Montero (Habitación separadas), el teatro humorístico con Miguel Mihura y Jardiel Poncela (Eloísa está debajo de un almendro).
El teatro de los 50 se trata de un teatro de protesta y denuncia, en el que surgieron dos posturas antagónicas: posibilismo y imposibilismo. A finales de los 50 se conoceron autores realistas que proponen reflejar críticamente la realidad social española, crear un teatro popular con recursos propios del esperpento y la farsa.