Este capítulo analiza la relación entre la historia, la ciencia y la psicología, explorando cómo la evolución del concepto de ciencia ha influido en el desarrollo de la psicología como disciplina. Se examinan diversas teorías filosóficas sobre la ciencia, desde la perspectiva clásica hasta las concepciones contemporáneas, abordando a pensadores como Popper, Kuhn, Lakatos y Laudan.
La psicología ha transitado por distintos paradigmas científicos a lo largo del tiempo, adoptando y adaptando principios de otras disciplinas. Comprender estas transformaciones permite una mejor apreciación de la psicología como ciencia en constante evolución.
La ciencia se ha definido de múltiples maneras a lo largo de la historia. En términos generales, se considera un sistema de conocimientos organizados, basado en la observación, la experimentación y la formulación de teorías.
Existen dos dimensiones clave en la ciencia:
Interna: Se refiere al contenido, es decir, las teorías y los descubrimientos científicos.
Externa: Abarca el contexto social, histórico y cultural en el que la ciencia se desarrolla.
La psicología, como disciplina, ha evolucionado dentro de esta estructura, adoptando distintas metodologías a medida que la concepción de la ciencia ha cambiado.
La relación entre la ciencia y la historia es fundamental. La historia de la ciencia permite analizar cómo han cambiado las teorías, métodos y objetivos científicos a lo largo del tiempo.
Desde un enfoque positivista, la ciencia ha sido vista como un progreso lineal en el que nuevas teorías reemplazan a las anteriores. Sin embargo, las perspectivas contemporáneas consideran que el desarrollo de la ciencia es más complejo y depende de factores históricos, sociales y políticos.
La concepción clásica de la ciencia se basaba en la idea de que el conocimiento científico debía ser:
Racional: Basado en la lógica y la deducción.
Empírico: Derivado de la observación y la experiencia.
Universal: Aplicable en cualquier contexto.
En la antigüedad, se distinguían dos caminos para alcanzar el conocimiento:
Racionalismo: Enfatizaba el uso de la razón (ej. Platón y Descartes).
Empirismo: Destacaba la importancia de la experiencia sensorial (ej. Aristóteles y Locke).
Estos enfoques influyeron en la manera en que la psicología abordó el estudio de la mente y el comportamiento.
Con la llegada del Renacimiento y la Revolución Científica (siglos XVI y XVII), la ciencia se transformó radicalmente. Pensadores como Copérnico, Galileo y Descartes propusieron que la investigación debía basarse en la observación sistemática y la experimentación.
Los principios clave de esta nueva concepción fueron:
El método experimental: La ciencia debía fundamentarse en pruebas observables.
El determinismo: Se buscaba explicar los fenómenos mediante leyes naturales.
La matematización: La ciencia debía utilizar modelos matemáticos para describir la realidad.
Estos principios marcaron el inicio del método científico moderno, influyendo en la evolución de la psicología experimental.
A finales del siglo XIX y durante el siglo XX, surgieron nuevas perspectivas sobre la ciencia. Se cuestionó la idea de que la ciencia avanza de manera lineal y objetiva, y se reconoció el papel de los factores sociales e históricos en la construcción del conocimiento científico.
Algunas de las corrientes más importantes en esta etapa incluyen:
Neopositivismo: Representado por el Círculo de Viena, promovía la idea de que la ciencia debía basarse en la verificación empírica y la lógica formal.
Positivismo lógico: Defendía que solo las proposiciones verificables empíricamente eran científicas.
Perspectivas relativistas: Enfatizaban que el conocimiento depende del contexto histórico y social.
Estas nuevas ideas tuvieron un impacto en la psicología, promoviendo enfoques más flexibles y dinámicos en la investigación científica.
A partir de mediados del siglo XX, la filosofía de la ciencia experimentó un cambio significativo. Se reconoció que la ciencia no es un proceso puramente racional y objetivo, sino que está influenciada por múltiples factores.
Se propusieron nuevas teorías para explicar cómo cambia el conocimiento científico, cada una con implicaciones importantes para la psicología.
Karl Popper (1902-1994) propuso una visión revolucionaria de la ciencia basada en el falsacionismo. Según Popper:
Una teoría científica no puede ser verificada de manera definitiva.
En cambio, debe ser falsable, es decir, debe poder ser refutada mediante la observación y la experimentación.
Este enfoque influyó en la psicología al enfatizar la necesidad de formular hipótesis que pudieran ser puestas a prueba de manera rigurosa.
Stephen Toulmin (1922-2009) aplicó la teoría de la evolución de Darwin a la ciencia. Según Toulmin:
Los conceptos científicos evolucionan a lo largo del tiempo.
Las teorías científicas compiten entre sí, y solo las más "aptas" sobreviven.
Este modelo sugiere que la psicología, al igual que otras ciencias, experimenta cambios constantes en sus paradigmas.
Thomas Kuhn (1922-1996) propuso en "La estructura de las revoluciones científicas" (1962) que la ciencia no avanza de manera lineal, sino a través de revoluciones paradigmáticas.
Según Kuhn:
Ciencia normal: Los científicos trabajan dentro de un paradigma aceptado.
Crisis: Se acumulan anomalías que el paradigma no puede explicar.
Revolución científica: Se adopta un nuevo paradigma que reemplaza al anterior.
Este modelo ha sido aplicado a la psicología para explicar el surgimiento de nuevas corrientes como el conductismo, el psicoanálisis y la psicología cognitiva.
Imre Lakatos (1922-1974) propuso que las teorías científicas no deben evaluarse de manera aislada, sino dentro de programas de investigación que incluyen un conjunto de principios fundamentales.
Según Lakatos, los programas pueden ser:
Progresivos: Si generan nuevas predicciones y descubrimientos.
Degenerativos: Si no aportan nuevos conocimientos.
Este enfoque ha sido utilizado en psicología para evaluar el desarrollo de distintas corrientes teóricas.
Larry Laudan (1941-2022) argumentó que la ciencia no se basa en paradigmas rígidos, sino en tradiciones de investigación que evolucionan y se adaptan con el tiempo.
Cada tradición científica es evaluada en función de su capacidad para resolver problemas y generar avances teóricos. En psicología, este modelo ayuda a entender cómo distintas teorías pueden coexistir y complementarse.
El capítulo comienza planteando una reflexión fundamental: ¿qué es la psicología? Esta pregunta no es simplemente un juego semántico, sino una interrogación que emerge del uso cotidiano y la familiaridad con la noción de lo “psicológico”, lo cual no implica necesariamente una comprensión rigurosa del objeto de estudio ni de los métodos implicados en la disciplina.
La psicología, en tanto campo académico, ha heredado los problemas epistemológicos generales del conocimiento científico, y los ha reformulado a lo largo del tiempo en sus propias claves: su objeto de estudio y su método no han sido inmutables. Por el contrario, han evolucionado según los cambios en la concepción misma de ciencia. Así, la pluralidad metodológica y conceptual de la psicología contemporánea se entiende como un reflejo de esa historia y como una consecuencia de las diferentes configuraciones históricas de lo que se ha entendido por "ciencia".
Desde sus orígenes, el concepto de ciencia ha sido históricamente mutable. Lo que hoy entendemos por ciencia —un conocimiento racional, sistemático, fundamentado empírica y lógicamente, crítico, predictivo, comunicable, y objetivo— no siempre fue así. Este concepto es, en sí mismo, producto de una historia intelectual, y su consolidación actual se debe tanto a la tradición griega como a los desarrollos metodológicos modernos.
Aquí el texto comienza a exponer cómo ha cambiado el estatuto del conocimiento científico en el tiempo. Se presenta, por tanto, una visión epistemológica de la ciencia en su historicidad, lo que nos introduce a las distintas teorías de la ciencia que serán desarrolladas a continuación.
Esta teoría se articula en torno a la identificación del conocimiento científico con el conocimiento justificado, bien por la razón (racionalismo) o por la experiencia sensorial (empirismo). Estas dos corrientes filosóficas dominaron gran parte de la reflexión epistemológica desde la Antigüedad hasta el siglo XVII.
El racionalismo sostenía que la verdad se descubre mediante la razón; el empirismo, en cambio, basaba la validez del conocimiento en la observación y la experiencia directa. En esta etapa, el conocimiento se consideraba como opuesto a la opinión, y se buscaba su fundamentación en principios universales e inmutables.
Desde la dimensión interna de la ciencia, esta teoría pone el énfasis en los criterios lógicos y epistemológicos que definen el conocimiento válido (fundamentación racional o empírica). Desde la dimensión externa, se reconoce que esta concepción se inscribe en contextos culturales que privilegiaron ciertas formas de racionalidad sobre otras.
Con el surgimiento de la ciencia moderna en los siglos XVI y XVII, se impone una nueva concepción: la necesidad de una observación sistemática de los fenómenos naturales y el desarrollo de explicaciones causales a partir de estos. Galileo, Copérnico, y Descartes son figuras clave en esta transición.
Aquí, la causalidad se establece como núcleo del pensamiento científico. La verdad ya no se encuentra en las ideas racionales puras sino en la observación rigurosa, controlada, y metodológicamente orientada hacia la predicción. Galileo es especialmente importante por intentar armonizar razón y experiencia mediante el método experimental.
En este punto puede hacerse una vinculación con Karl Popper, quien más adelante propondría el criterio de falsación como base de la ciencia: las teorías científicas deben poder ser puestas a prueba mediante la experiencia, pero no buscando verificaciones sino buscando falsaciones posibles. La influencia de esta idea puede rastrearse en la confianza moderna en la observación empírica como piedra de toque del conocimiento científico.
Esta etapa representa un desplazamiento desde la fundamentación lógica hacia la metodología experimental como garantía de cientificidad —una mutación clave en la dimensión interna del saber, que impacta también en la dimensión externa, al coincidir con el desarrollo del capitalismo temprano, el mecanicismo y la secularización.
A partir del siglo XX, la confianza en el método científico clásico comienza a ser cuestionada. Entran en escena nuevos marcos teóricos que problematizan la neutralidad, la objetividad y el carácter acumulativo del conocimiento científico. Aquí se ubican las críticas provenientes de Kuhn, Lakatos, Toulmin y Laudan.
Kuhn introduce la noción de "paradigma" y "cambio de paradigma", señalando que la ciencia no progresa de manera lineal, sino a través de revoluciones científicas que transforman los marcos de interpretación. Esto rompe con la idea de una ciencia acumulativa.
Lakatos propone los "programas de investigación", intentando mediar entre Popper y Kuhn: las teorías se mantienen activas mientras puedan resistir refutaciones progresivas.
Toulmin sugiere un modelo evolutivo del conocimiento, inspirado en Darwin, donde las teorías sobreviven si se adaptan al entorno de problemas científicos.
Laudan, por su parte, propone sustituir el criterio de verdad por el de resolución de problemas: una teoría es mejor si soluciona más problemas que sus antecesoras.
En conjunto, estas teorías desplazan el eje desde la validación lógica-empírica hacia la historicidad de las prácticas científicas, reconociendo la influencia de factores sociales, culturales y políticos en el desarrollo de la ciencia. Aquí se profundiza la dimensión externa de la ciencia, sin abandonar la preocupación por la dimensión interna, ya que los criterios de evaluación teórica siguen en disputa.
Esta nueva filosofía se aleja del positivismo lógico y abraza una visión más crítica y pluralista. Reconoce la importancia de los contextos históricos, sociales y culturales en la producción de conocimiento, y cuestiona la posibilidad de una ciencia completamente objetiva y neutral.
Se valoran los aportes de la sociología del conocimiento científico, los estudios de género, la antropología de la ciencia, entre otros. El conocimiento científico pasa a ser entendido como una construcción histórica, no como un reflejo puro de la realidad.
En términos de la postura epistemológica del capítulo, esta sección representa la adopción de una visión historicista y contextualizada de la ciencia, en la que las dimensiones internas y externas no se oponen, sino que se articulan mutuamente para dar cuenta de la complejidad del quehacer científico.
En esta sección se desplaza el foco desde la ciencia en general hacia la psicología como campo específico de conocimiento, explorando su carácter científico y su evolución histórica. La psicología no puede comprenderse sin una visión histórica, ya que su objeto, sus métodos y su estatuto epistemológico han variado considerablemente. La historia, más que un fondo pasivo, se convierte en una dimensión constitutiva del saber psicológico.
El argumento principal es que la psicología ha pasado por procesos de disgregación y congregación, entendidos como fases en que sus elementos se dispersan o se organizan coherentemente. Esta dinámica histórica es esencial para comprender las tensiones contemporáneas en la disciplina.
El concepto de psicología ha sido históricamente ambiguo y polisémico. Desde su nacimiento moderno, la psicología ha oscilado entre múltiples significados: como ciencia del alma, de la conciencia, de la conducta, del inconsciente o de los procesos cognitivos.
Esta variabilidad responde tanto a la evolución del pensamiento científico (dimensión interna) como a las demandas culturales, filosóficas e institucionales (dimensión externa). La psicología, entonces, no es un saber homogéneo, sino una construcción histórica en continua transformación.
La disgregación refiere a los momentos en los que la psicología se fragmenta en escuelas, enfoques o paradigmas con escasa comunicación entre sí: estructuralismo, funcionalismo, conductismo, psicoanálisis, psicología humanista, cognitivismo, etc.
Esta pluralidad es resultado de los intentos por definir su objeto de estudio y su método con criterios científicos, pero también del contexto sociohistórico en que se desarrollan. Desde la perspectiva kuhniana, podríamos hablar de “ciencias en estado pre-paradigmático”, donde no hay consenso general sobre los problemas ni los métodos válidos.
En este punto también podemos invocar a Lakatos, ya que cada enfoque puede considerarse como un “programa de investigación” que se esfuerza por responder a las anomalías de los anteriores o por extender sus alcances. Esta fragmentación revela tanto la riqueza como las tensiones internas de la disciplina.
Paralelamente, existen momentos en los que la psicología tiende hacia la unificación, intentando constituirse como una ciencia coherente y sistemática. El conductismo en el siglo XX es un ejemplo paradigmático: propuso una metodología unificada, un objeto observable (la conducta) y un ideal de cientificidad positivista.
Sin embargo, esta congregación suele ser parcial y temporal. Las nuevas corrientes (como la psicología cognitiva o la neuropsicología) surgen en parte como reacciones a los límites de las anteriores. Así, el proceso de congregación siempre convive con el potencial de nuevas disgregaciones.
Desde la dimensión interna, este proceso expresa la búsqueda de rigor epistemológico y metodológico. Desde la dimensión externa, refleja cómo las demandas sociales, institucionales y tecnológicas configuran la orientación del saber psicológico.
La historia de la psicología no puede desligarse de la historia de la ciencia en general. Así como la noción de ciencia se ha transformado, también lo ha hecho la psicología. El texto propone analizar la evolución de la psicología bajo las categorías de "clásica" y "moderna", en función de su relación con los distintos modelos epistemológicos.
La psicología clásica está profundamente marcada por la tradición filosófica. Desde Aristóteles hasta Descartes, la psicología fue parte de la metafísica, centrada en el alma, la razón o el espíritu. No se concebía como ciencia empírica, sino como reflexión especulativa sobre la naturaleza humana.
Este enfoque se vincula con la teoría clásica de la ciencia, que priorizaba la razón y la introspección. La psicología clásica es una psicología de la esencia, no del comportamiento observable. Desde la dimensión interna, carece de una metodología sistemática, y desde la externa, está influida por las visiones religiosas y filosóficas del mundo.
Con el avance de la ciencia moderna, la psicología busca su autonomía como ciencia empírica. A partir de Wundt, y con el surgimiento de laboratorios experimentales, se consolida un modelo de psicología que intenta aplicar los métodos de las ciencias naturales.
Esta transformación responde a la lógica de la teoría moderna de la ciencia, centrada en la observación, la experimentación y la cuantificación. El comportamiento sustituye a la conciencia como objeto de estudio, y el laboratorio se convierte en el espacio privilegiado de producción de conocimiento.
Sin embargo, como bien señalan Kuhn y Laudan, esta cientificidad no está libre de controversias. La psicología moderna ha sido criticada por su reduccionismo, por excluir dimensiones subjetivas, culturales y sociales del ser humano. Así, los criterios de cientificidad son puestos en cuestión tanto desde dentro (dimensión interna) como desde fuera (dimensión externa).
El capítulo concluye con una defensa de la necesidad de la historia en la formación del psicólogo. La historia no es una mera acumulación de fechas o teorías pasadas, sino una herramienta crítica para comprender los fundamentos, las tensiones y las transformaciones del saber psicológico.
La historia de la psicología tiene como objeto analizar los procesos mediante los cuales se ha constituido la disciplina, en sus dimensiones teóricas, metodológicas, institucionales y sociales.
Se identifican tres "referentes" desde los cuales se puede abordar esa historia:
Este enfoque interpreta la psicología en continuidad con las ciencias naturales, especialmente con la biología. El comportamiento humano es entendido como resultado de procesos fisiológicos y evolutivos.
Esta perspectiva busca legitimar la psicología como ciencia dura, pero corre el riesgo de reducir la complejidad de lo humano a lo meramente orgánico. Desde el enfoque de Laudan, este referente resuelve ciertos problemas explicativos, pero deja sin abordar otros relacionados con lo social o lo simbólico.
Este enfoque considera que las teorías psicológicas reflejan, en parte, ideologías dominantes. Por ejemplo, el auge del conductismo en EE. UU. puede entenderse también como respuesta a las exigencias de control y predicción en un contexto industrial-capitalista.
Aquí aparece con claridad la dimensión externa de la ciencia: las ideas psicológicas no emergen en el vacío, sino en contextos históricos e institucionales específicos. El referente ideológico permite una crítica del saber psicológico desde sus condiciones de posibilidad culturales y políticas.
Complementario al anterior, este enfoque se centra en las prácticas, instituciones y comunidades científicas que configuran la psicología. El saber psicológico es producido, difundido y legitimado dentro de un campo social determinado.
Esta mirada sociológica recuerda los aportes de la sociología del conocimiento científico, como los de Kuhn y Toulmin, que insisten en la importancia de los consensos comunitarios, las tradiciones investigativas y las redes institucionales.
El sentido profundo de la historia de la psicología no reside únicamente en conocer el pasado, sino en comprender críticamente el presente. La historia ofrece al psicólogo herramientas para pensar su práctica, sus supuestos y sus límites.
La formación histórica permite tomar distancia de los dogmas, recuperar la pluralidad de enfoques, y concebir la psicología no como un conjunto cerrado de verdades, sino como una construcción inacabada, atravesada por tensiones epistemológicas, sociales y culturales.
Los autores sostienen una visión crítica, pluralista e histórica de la psicología. Rechazan las concepciones lineales y acumulativas del conocimiento, y reivindican el papel de la historia como clave interpretativa. Defienden una concepción contextualizada de la ciencia, en la que las dimensiones interna (teórica y metodológica) y externa (social, política, ideológica) son inseparables.
Su enfoque se alinea con las teorías contemporáneas de la ciencia (Kuhn, Lakatos, Laudan, Toulmin), reconociendo que el conocimiento científico es una práctica histórica situada, atravesada por tensiones internas y condicionamientos externos.
En definitiva, proponen formar psicólogos con conciencia crítica, capaces de situarse históricamente y de comprender la psicología como un saber en constante disputa y transformación.