¿Qué funciones cumple la evaluación del proceso de enseñanza-aprendizaje?

Concebir a la evaluación del rendimiento escolar como lo hemos hecho nos permite en seguida explicar claramente alguna de sus principales funciones, las que, como se verá, guardan relación con todas las fases del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Gracias a la evaluación es posible:

● Conocer los resultados de la metodología empleada en la enseñanza y, en su caso, hacer las correcciones de procedimiento pertinentes (como cuando nos percatamos de que un grupo con alto rendimiento general acusa descensos notorios y uniformes en este rendimiento, coincidentes con el empleo de ciertos procedimientos de enseñanza).

● Retroalimentar el mecanismo de aprendizaje, ofreciendo al alumno una fuente extra de información en la que se reafirmen los aciertos y corrijan los errores (al revisarse con el grupo los exámenes, señalando los resultados y respuestas correctas).

● Dirigir la atención del alumno hacia los aspectos de mayor importancia, conclusivos o centrales en el material de estudio (dando por hecho que en los exámenes se hace referencia a las cuestiones más valiosas y se elude a las accesorias).

● Orientar al alumno en cuanto al tipo de respuestas o formas de reacción de que él se esperan (lo que de paso implica orientación en las formas preferibles del tratamiento y estudio, revisión de los materiales o ejecución de las prácticas correspondientes).

● Mantener consciente al alumno de su grado de avance o nivel de logro en el aprendizaje, evitándose la inmediata reincidencia en los errores y su encadenamiento (por otra parte, en lo que toca a ciertos y logros, su constante comprobación hace las veces de gratificación estimuladora).

● Reforzar oportunamente las áreas de estudio en que el aprendizaje haya sido insuficiente (detectable con relativa facilidad en el rendimiento grupal frente a los instrumentos de evaluación).

● Asignar calificaciones justas y representativas del aprendizaje ocurrido (tales calificaciones, por acreditar el logro de objetivos previa y expresamente propuestos en el programa, mantendrán un alto rango de objetividad y consistencia).

● Juzgar la viabilidad de los programas a la luz de las circunstancias y condiciones reales de operación (posibilitándose las modificaciones y ajustes a partir de una evidencia de su necesidad).

● Planear las subsiguientes experiencias de aprendizaje atendiendo tanto a la secuencia lógica de los temas, como a la coherencia estructural del proceso (manejando y adecuando el orden temático y el ritmo de la enseñanza en cada momento, conforme al resultado del momento anterior).

Desde luego, con el enlistado anterior no se agota la relación de funciones que la evaluación puede cumplir en las aulas. En cambio, si tuviéramos que buscar el denominador común de esa funcionalidad, bastaría con aludir al último sentido de las acciones descritas, que es el de incrementar la calidad y, en consecuencia, el rendimiento del proceso de

enseñanza-aprendizaje, sometiéndolo en todas sus fases y momentos a una constante revisión de resultados que aporte indicadores y regule las transformaciones en pro de dicho incremento de la calidad. Sólo a través de la evaluación, sistemáticamente utilizada y aprovechada, es factible transitar con cierta seguridad por los caminos del quehacer pedagógico, sin dar palos de ciego en la realización de las tareas que implica.