lengua
lengua
Pero ¿qué es la lengua? Para nosotros, la lengua no se confunde con el lenguaje: la lengua no es más que una determinada parte del lenguaje, aunque esencial. Es a la vez un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos.
Tomado en su conjunto, el lenguaje es multiforme y heteróclito; a caballo en diferentes dominios, a la vez
físico, fisiológico y psíquico, pertenece además al dominio individual y al dominio social; no se deja clasificar
en ninguna de las categorías de los hechos humanos, porque no se sabe cómo desembrollar su unidad.
La lengua, por el contrario, es una totalidad en sí y un principio de clasificación. En cuanto le damos el
primer lugar entre los hechos de lenguaje, introducimos un orden natural en un conjunto que no se presta a
ninguna otra clasificación.
A este principio de clasificación se podría objetar que el ejercicio del lenguaje se apoya en una facultad que
nos da la naturaleza, mientras que la lengua es cosa adquirida y convencional que debería quedar
subordinada al instinto natural en lugar de anteponérsele.
He aquí lo que se puede responder. En primer lugar, no está probado que la función del lenguaje, tal como
se manifiesta cuando hablamos, sea enteramente natural, es decir, que nuestro aparato vocal esté hecho
para hablar como nuestras piernas para andar. Los lingüistas están lejos de ponerse de acuerdo sobre esto.
Así, para Whitney, que equipara la lengua a una institución social con el mismo título que todas las otras, el
que nos sirvamos del aparato vocal como instrumento de la lengua es cosa del azar, por simples razones de
comodidad: lo mismo habrían podido los hombres elegir el gesto y emplear imágenes visuales en lugar de
las imágenes acústicas. Sin duda, esta tesis es demasiado absoluta; la lengua no es una institución social
semejante punto por punto a las otras; además, Whytney va demasiado lejos
cuando dice que nuestra elección ha caído por azar en los órganos de la voz; de cierta manera, ya nos
estaban impuestos por la naturaleza. Pero, en el punto esencial, el lingüista americano parece tener razón:
la lengua es una convención y la naturaleza del signo en que se conviene es indiferente. La cuestión del
aparato vocal es, pues, secundaria en el problema del lenguaje.
Cierta definición de lo que se llama lenguaje articulado podría confirmar esta idea. En latín articulus significa
'miembro, parte, subdivisión en una serie de cosas'; en el lenguaje, la articulación puede designar o bien la
subdivisión de la cadena hablada en sílabas, o bien la subdivisión de la cadena de significaciones en unidades
significativas; este sentido es el que los alemanes dan a su gegliederte Sprache. Ateniéndonos a esta segunda definición, se podría decir que no
es el lenguaje hablado el natural al hombre, sino la facultad de constituir una lengua, es decir, un sistema de
signos distintos que corresponden a ideas distintas. Broca ha descubierto que la facultad de hablar está
localizada en la
tercera circunvolución frontal izquierda: también sobre esto se han apoyado algunos para atribuir carácter
natural al lenguaje. Pero esa localización se ha comprobado para todo lo que se refiere al lenguaje, incluso la
escritura, y esas comprobaciones, añadidas a las observaciones hechas sobre las diversas formas de la afasia
por lesión de tales centros de localización, parecen indicar:
1° que las diversas perturbaciones del lenguaje oral están enredadas de mil maneras con las del lenguaje
escrito;
2° que en todos los casos de afasia o de agrafía lo lesionado es menos la facultad de proferir tales o cuales
sonidos o de trazar tales o cuales signos, que la de evocar por un instrumento, cualquiera que sea, los signos
de un lenguaje regular. Todo nos lleva a creer que por debajo del funcionamiento de los diversos órganos
existe una facultad más general, la que gobierna los signos: ésta sería la facultad lingüística por excelencia. Y
por aquí llegamos
a la misma conclusión arriba indicada. Para atribuir a la lengua el primer lugar en el estudio del lenguaje, se
puede finalmente hacer valer el argumento de que la facultad —natural o no— de articular palabras no se
ejerce más que con la ayuda del instrumento creado y suministrado por la colectividad; no es, pues,
quiméricodecir que es la lengua la que hace la unidad del lenguaje.
Circuito del habla (pag.39)
2. LUGAR DE LA LENGUA EN LOS HECHOS DE LENGUAJE
Para hallar en el conjunto del lenguaje la esfera que corresponde a la lengua, hay que situarse ante el acto
individual que permite reconstruir el circuito de la palabra. Este acto supone por lo menos dos individuos: es
el mínimum exigible para que el circuito sea completo. Sean, pues, dos personas, A y B, en conversación:
El punto de partida del circuito está en el cerebro de uno de ellos, por ejemplo, en el de A, donde los hechos
de conciencia, que llamaremos conceptos, se hallan asociados con las representaciones de los signos
lingüísticos o imágenes acústicas que sirven a su expresión. Supongamos que un concepto dado
desencadena en el cerebro una imagen acústica correspondiente: éste es un fenómeno enteramente
psíquico, seguido a su vez de un proceso fisiológico: el cerebro transmite a los órganos de la fonación un
impulso correlativo a la imagen; luego las ondas sonoras se propagan de la boca de A al oído de B: proceso
puramente físico. A continuación el circuito sigue en B un orden inverso: del oído al cerebro, transmisión
fisiológica de la imagen acústica; en el cerebro, asociación psíquica de esta
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imagen con el concepto correspondiente. Si B habla a su vez, este nuevo acto seguirá —de su cerebro al de
A— exactamente la misma marcha que el primero y pasará por las mismas fases sucesivas que
representamos
con el siguiente esquema:
1. Audición Fonación
2. Fonación Audición
Este análisis no pretende ser completo. Se podría distinguir todavía:
la sensación acústica pura, la identificación de esa sensación con la imagen acústica latente, la imagen
muscular de la fonación, etc. Nosotros sólo hemos tenido en cuenta los elementos juzgados esenciales; pero
nuestra figura permite distinguir en seguida las partes físicas (ondas sonoras) de las fisiológicas (fonación y
audición) y de las psíquicas (imágenes verbales y conceptos). Pues es de capital importancia advertir que la
imagen verbal no se confunde con el sonido mismo, y que es tan legítimamente psíquica como el concepto
que le está asociado.
El circuito, tal como lo hemos representado, se puede dividir todavía:
a) en una parte externa (vibración de los sonidos que van de la boca al oído) y una parte interna, que
comprende todo el resto;
b) en una parte psíquica y una parte no psíquica, incluyéndose en la segunda tanto los hechos fisiológicos de
que son asiento los órganos, como los hechos físicos exteriores al individuo;
c) en una parte activa y una parte pasiva: es activo todo lo que va del centro de asociación de uno de los
sujetos al oído del otro sujeto, y pasivo todo lo que va del oído del segundo a su centro de asociación;
Por último, en la parte psíquica localizada en el cerebro se puede llamar ejecutivo todo lo que es activo (c ->
i) y receptivo todo lo que es pasivo (i -> c).
Es necesario añadir una facultad de asociación y de coordinación, que se manifiesta en todos los casos en
que no se trate nuevamente de signos aislados; esta facultad es la que desempeña el primer papel en la
organización de la lengua como sistema (ver pág. 147 y sigs.).
Cristalización social (Pag. 41)
Pero, para comprender bien este papel, hay que salirse del acto individual, que no es más que el embrión
del lenguaje, y encararse con el hecho social.
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Entre todos los individuos así ligados por el lenguaje, se establecerá una especie de promedio: todos
reproducirán —no exactamente, sin duda, pero sí aproximadamente— los mismos signos unidos a los
mismos conceptos.
¿Cuál es el origen de esta cristalización social? ¿Cuál de las dos partes del circuito puede ser la causa? Pues
lo más probable es que no todas participen igualmente.
La parte física puede descartarse desde un principio. Cuando oímos hablar una lengua desconocida,
percibimos bien los sonidos, pero, por nuestra incomprensión, quedamos fuera del hecho social.
La parte psíquica tampoco entra en juego en su totalidad: el lado ejecutivo queda fuera, porque la ejecución
jamás está a cargo de la masa, siempre es individual, y siempre el individuo es su arbitro; nosotros lo
llamaremos el habla (parole).
Lo que hace que se formen en los sujetos hablantes acuñaciones que llegan a ser sensiblemente idénticas en
todos es el funcionamiento de las facultades receptiva y coordinativa. ¿Cómo hay que representarse este
producto social para que la lengua aparezca perfectamente separada del resto? Si pudiéramos abarcar la
suma de las imágenes verbales almacenadas en todos los individuos, entonces toparíamos con el lazo social
que constituye la lengua. Es un tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a
una misma comunidad, un sistema gramatical
virtualmente existente en cada cerebro, o, más exactamente, en los cerebros de un conjunto de individuos,
pues la lengua no está completa en ninguno, no existe perfectamente más que en la masa.
Al separar la lengua del habla (langue et parole), se separa a la vez:
1° lo que es social de lo que es individual; 2° lo que es esencial de lo que es accesorio y más o menos
accidental.
La lengua no es una función del sujeto hablante, es el producto que el individuo registra pasivamente; nunca
supone premeditación, y la reflexión no interviene en ella más que para la actividad de clasificar, de que
hablamos en la pág. 147 y sigs.
El habla es, por el contrario, un acto individual de voluntad y de inteligencia, en el cual conviene distinguir:
1° las combinaciones por las que el sujeto hablante utiliza el código de la lengua con miras a
expresar su
pensamiento personal;
2° el mecanismo psicofísico que le permita exteriorizar esas combinaciones.
Caracteres de la lengua (pag.42)
Hemos de subrayar que lo que definimos son cosas y no palabras; las distinciones establecidas nada tienen
que temer de ciertos términos ambiguos que no se recubren del todo de lengua a lengua. Así en alemán
Sprache quiere decir lengua y lenguaje; Rede corresponde bastante bien a habla (fr. parole), pero añadiendo
el sentido especial de 'discurso'. En latín, sermo significa más bien lenguaje y habla, mientras que lingua
designa la lengua, y así sucesivamente.
Ninguna palabra corresponde exactamente a cada una de las nociones precisadas arriba; por eso toda
definición hecha a base de una palabra es vana; es mal método el partir de las palabras para definir las
cosas.
Recapitulemos los caracteres de la lengua:
1° Es un objeto bien definido en el conjunto heteróclito (extraño) de los hechos de lenguaje. Se la puede
localizar en la porción determinada del circuito donde una imagen acústica viene a asociarse con un
concepto. La lengua
es la parte social del lenguaje, exterior al individuo, que por sí solo no puede ni crearla ni modificarla; no
existe más que en virtud de una especie de contrato establecido entre los miembros de la comunidad. Por
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otra parte, el individuo tiene necesidad de un aprendizaje para conocer su funcionamiento; el niño se la va
asimilando poco a poco. Hasta tal punto es
la lengua una cosa distinta, que un hombre privado del uso del habla conserva la lengua con tal que
comprenda los signos vocales que oye.
2° La lengua, distinta del habla, es un objeto que se puede estudiar separadamente. Ya no hablamos las
lenguas muertas, pero podemos muy bien asimilarnos su organismo lingüístico. La ciencia de la lengua no
sólo puede prescindir de otros elementos del lenguaje, sino que sólo es posible a condición de que esos
otros elementos no se inmiscuyan.
3° Mientras que el lenguaje es heterogéneo, la lengua así delimitada es de naturaleza homogénea: es un
sistema de signos en el que sólo es esencial la unión del sentido y de la imagen acústica, y donde las dos
partes del signo son igualmente psíquicas.
4° La lengua, no menos que el habla, es un objeto de naturaleza concreta, y esto es gran ventaja para su
estudio. Los signos lingüísticos no por ser esencialmente psíquicos son abstracciones; las asociaciones
ratificadas por el consenso colectivo, y cuyo conjunto constituye la lengua, son realidades que tienen su
asiento en el cerebro. Además, los signos de la lengua son, por decirlo así, tangibles; la escritura puede
fijarlos en imágenes convencionales, mientras que sería imposible fotografiar en todos sus detalles los actos
del habla; la fonación de una palabra, por pequeña que sea, representa una infinidad de movimientos
musculares extremadamente difíciles de conocer y de imaginar. En la lengua, por el contrario, no hay más
que la imagen acústica, y ésta se puede traducir en una imagen visual constante. Pues si se hace abstracción
de esta multitud de movimientos necesarios para realizarla en el habla, cada imagen acústica no
es, como luego veremos, más que la suma de un número limitado de elementos o fonemas, susceptibles a
su vez de ser evocados en la escritura por un número correspondiente de signos. Esta posibilidad de fijar las
cosas relativas a la lengua es la que hace que un diccionario y una gramática puedan ser su representación
fiel, pues la lengua es el depósito de las imágenes acústicas y la escritura la forma tangible de esas imágenes
1.2 Diferencia entre lengua, lenguaje, dialecto y habla. (Conclusión)
Lenguaje
• Es la capacidad que tenemos los seres humanos para comunicarnos con otras personas a través
de signos
• El lenguaje verbal (las palabras) es el que nos diferencia de las demás especies animales.
•El lenguaje verbal puede ser oral (voz) escrito, por signos para sordos, etc.
Signo: Objeto, acción, dibujo que representa o sustituye a otro objeto.
Lengua
•Lengua es el conjunto de signos y reglas que utiliza una comunidad para comunicarse.
•Lengua española, inglesa, japonesa...
• Los hablantes de cada comunidad usan una o varias lenguas para comunicarse
• En Alicante hablamos español y valenciano
• En Suiza hablan alemán, italiano y francés
En el mundo hay más o menos – 6.000 lenguas
• Las lenguas más habladas son: – El chino – El indostaní El inglés– El inglés – El castellano
• Las lenguas son fundamentales en la cultura de un país y, por eso, se elaboran leyes para regularlas y
protegerlas
Lengua Oral y Lengua Escrita
• Las lenguas oral y escrita suelen utilizarse en situaciones diferentes.
• La oral nos sirve fundamentalmente para nuestras relaciones sociales cotidianas.
• La escrita la usamos para ocasiones en las que debemos transmitir una información más elaborada.
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Diferencias entre la lengua
Lengua oral Lengua escrita
Es espontánea Es el resultado de una reflexión
Se apoya en elementos no lingüísticos(gestos,
entonación)
No tiene elementos extralingüísticos
El vocabulario es escaso e impreciso El vocabulario es rico y preciso
La sintaxis es sencilla: oraciones incompletas,
repeticiones,....
La sintaxis es más compleja,
subordinaciones...
El dialecto
• Una lengua no se habla igual en una zona que en otra. No escuchamos el mismo español en Bilbao que en
Cádiz.
• El dialecto es una modalidad de una lengua
• El dialecto es una modalidad de una lengua que se habla en un territorio determinado.
• Los rasgos propios afectan a la fonética (como suena), al léxico, (las palabras) a la sintaxis (cómo se
construyen las frases) y a su significado de palabras y oraciones.
El habla
• No utilizan el español de la misma manera los jóvenes que los mayores. Tampoco es la misma entre gente
con formación y gente que no la tiene.
• El habla es el uso particular que un hablante o un grupo de hablantes hace de la lengua.
• Si es la de una zona determinada se llama “habla local”
• Si es de una persona determinada “habla individual”
FERDINAND DE SAUSSURE
CURSO DELINGÜÍSTICA GENERAL
Traducción, prólogo y notas de AMADO ALONSO
VIGESIMACUARTA EDICIÓN E D
CAPÍTULO IV
LINGÜÍSTICA DE LA LENGUA Y LINGÜÍSTICA DEL HABLA
Al dar a la ciencia de la lengua su verdadero lugar en el conjunto del estudio del lenguaje, hemos situado al
mismo tiempo la lingüística entera.
Todos los demás elementos del lenguaje, que son los que constituyen el habla, vienen por sí mismos a
subordinarse a esta ciencia primera, y gracias a tal subordinación todas las partes de la lingüística
encuentran su
lugar natural.
Consideremos, por ejemplo, la producción de los sonidos necesarios en el habla: los órganos de la voz son
tan exteriores a la lengua como los aparatos eléctricos que sirven para transmitir el alfabeto Morse son
ajenos a ese alfabeto; y la fonación, es decir, la ejecución de las imágenes acústicas, no afecta en nada al
sistema mismo. En esto puede la lengua compararse con una sinfonía cuya realidad es independiente de la
manera en que se ejecute; las faltas que puedan cometer los músicos no comprometen lo más mínimo esa
realidad.
A tal separación de la fonación y de la lengua se nos podrá oponer las transformaciones fonéticas, las
alteraciones de sonidos que se producen en el habla y que ejercen tan profunda influencia en los destinos
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de la lengua misma. ¿Tendremos verdaderamente el derecho de pretender que una lengua en tales
circunstancias existe independientemente de esos fenómenos? Sí, porque no alcanzan más que a la
sustancia material de laspalabras. Si afectan a la lengua como sistema de signos, no es más que
indirectamente, por el cambio resultante de interpretación; pero este fenómeno nada tiene de fonético (ver
pág. 110). Puede ser interesante buscar las causas de esos cambios, y el estudio de los sonidos nos ayudará
en ello; pero tal cuestión no es esencial: para la ciencia de la lengua, bastará siempre
con consignar las transformaciones de sonidos y calcular sus efectos. Y esto que decimos de la fonación
valdrá lo mismo para todas las otras partes del habla. La actividad del sujeto hablante debe estudiarse en un
conjunto de disciplinas que no tienen cabida en la lingüística más que por su relación con la lengua.
Lengua y habla (pag. 46)
El estudio del lenguaje comporta, pues, dos partes: la una, esencial, tiene por objeto la lengua, que es social
en su esencia e independiente del individuo; este estudio es únicamente psíquico; la otra, secundaria, tiene
por objeto la parte individual del lenguaje, es decir, el habla, incluida la fonación, y es psicofísica.
Sin duda, ambos objetos están estrechamente ligados y se suponen recíprocamente: la lengua es necesaria
para que el habla sea inteligible y produzca todos sus efectos; pero el habla es necesaria para que la lengua
se establezca; históricamente, el hecho de habla precede siempre. ¿Cómo se le ocurriría a nadie asociar una
idea con una imagen verbal, si no se empezara por sorprender tal asociación en un acto de habla? Por otra
parte, oyendo a los otros es como cada uno aprende su lengua materna, que no llega a depositarse en
nuestro cerebro más que al cabo de innumerables
experiencias. Por último, el habla es la que hace evolucionar a la lengua: las impresiones recibidas oyendo a
los demás son las que modifican nuestros hábitos lingüísticos. Hay, pues, interdependencia de lengua y
habla:
aquélla es a la vez el instrumento y el producto de ésta. Pero eso no les impide ser dos cosas absolutamente
distintas.
La lengua existe en la colectividad en la forma de una suma de acuñaciones depositadas en cada cerebro,
más o menos como un diccionario cuyos ejemplares, idénticos, fueran repartidos entre los individuos (ver
pág. 41). Es, pues, algo que está en cada uno de ellos, aunque común a todos y situado fuera de la voluntad
de los depositarios. Este modo de
existencia de la lengua puede quedar representado por la fórmula:
1 + 1 + 1 + 1... = I (modelo colectivo).
¿De qué modo está presente el habla en esta misma colectividad? El habla es la suma de todo lo que las
gentes dicen, y comprende:
a) combinaciones individuales, dependientes de la voluntad de los hablantes;
b) actos de fonación igualmente voluntarios, necesarios para ejecutar tales combinaciones.
No hay, pues, nada de colectivo en el habla; sus manifestaciones son individuales y momentáneas. En ella no
hay nada más que la suma de los casos particulares según la fórmula:
(1 + 1' + 1" + 1'"...)
Por todas estas razones sería quimérico reunir en un mismo punto de vista la lengua y el habla. El conjunto
global del lenguaje es incognoscible porque no es homogéneo, mientras que la distinción y la subordinación
propuestas lo aclaran todo.
Las dos lingüísticas (pag. 47)
Tal es la primera bifurcación con que topamos en cuanto se intenta hacer la teoría del lenguaje. Hay que
elegir entre dos caminos que es imposible tomar a la vez; tienen que ser recorridos por separado.
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Se puede en rigor conservar el nombre de lingüística para cada una de estas dos disciplinas y hablar de una
lingüística del habla; pero con cuidado de no confundirla con la lingüística propiamente dicha, ésa cuyo
objeto único es la lengua.
Nosotros vamos a dedicarnos únicamente a esta última, y si, en el transcurso de nuestras demostraciones,
tomamos prestada alguna luz al estudio del habla, ya nos esforzaremos por no borrar nunca los límites que
separan los dos terrenos.
1.3 Elementos internos y externos de la lengua.
FERDINAND DE SAUSSURE
CURSO DELINGÜÍSTICA GENERAL
Traducción, prólogo y notas de AMADO ALONSO
VIGESIMACUARTA EDICIÓN E D
CAPÍTULO V
ELEMENTOS INTERNOS Y ELEMENTOS EXTERNOS DE LA LENGUA (pag.48)
Nuestra definición de la lengua supone que descartamos de ella todo lo que sea extraño a su organismo, a
su sistema, en una palabra, todo lo que se designa con el término de «lingüística externa». Esta lingüística
externa se ocupa, sin embargo, de cosas importantes, y en ella se piensa sobre todo cuando se aborda el
estudio del lenguaje.
Son, en primer lugar, todos los puntos en que la lingüística toca a la etnología, todas las relaciones que
pueden existir entre la historia de una lengua y la de una raza o de una civilización. Las dos historias se
mezclan y guardan relaciones recíprocas. Esto recuerda un poco las correspondencias consignadas entre los
fenómenos lingüísticos propiamente dichos (ver pág. 36 y sigs.). Las costumbres de una nación tienen
repercusión en su lengua y, a su vez, la lengua es la que en gran medida hace a la nación.
En segundo lugar hay que mencionar las relaciones entre la lengua y la historia política. Grandes hechos
históricos, como la conquista romana, han tenido una importancia incalculable para un montón de hechos
lingüísticos. La colonización, que no es más que una forma de conquista, transporta un idioma a medios
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diferentes, lo cual entraña cambios en ese idioma. Se podría citar en apoyo toda clase de hechos: así
Noruega adoptó el danés al unirse políticamente a Dinamarca; verdad que hoy [hacia 1910] los noruegos
tratan de librarse de esa influencia lingüística. La política interior de los Estados no es menos importante
para la vida de las lenguas:
ciertos gobiernos, como el suizo, admiten la coexistencia de varios idiomas; otros, como Francia, aspiran a la
unidad lingüística. Un grado avanzado de civilización fomenta el desarrollo de ciertas lenguas especiales
(lengua jurídica, terminología científica, etc.).
Esto nos lleva a un tercer punto: las conexiones de la lengua con las instituciones de toda especie, la Iglesia,
la escuela, etc. Éstas, a su vez, están íntimamente ligadas con el desarrollo literario de una lengua,
fenómeno tanto más general cuanto que él mismo es inseparable de la historia política. La lengua literaria
sobrepasa por todas partes los límites que
parece trazarle la literatura: piénsese en la influencia de los salones, de la corte, de las academias. Por otra
parte, aquí se plantea la gran cuestión del conflicto que se alza entre la lengua literaria y los dialectos locales
(ver pág. 221 y sig.); el lingüista debe también examinar las relaciones recíprocas de la lengua de los libros y
de la lengua corriente; pues toda lengua literaria, producto de la cultura, llega a deslindar su esfera de
existencia
de la esfera natural, la de la lengua hablada.
Por último, todo cuanto se refiere a la extensión geográfica de las lenguas y a su fraccionamiento dialectal
cae en la lingüística externa. Sin duda, éste es el punto en donde la distinción entre ella y la lingüística
interna parece más paradójica: hasta tal extremo está el fenómeno geográfico estrechamente asociado con
la existencia de toda lengua; y, sin embargo, en realidad, la geografía no toca al organismo interno del
idioma.
Se ha pretendido que es absolutamente imposible separar todas estas cuestiones del estudio de la lengua
propiamente dicha. Es un punto de vista que ha prevalecido sobre todo desde que tanto se ha insistido en
esos «realia». Así como una planta queda modificada en su organismo interno por factores extraños:
terreno, clima, etc., así el organismo gramatical
¿no es verdad que depende constantemente de factores extraños al cambio lingüístico? Parece que se
explican mal los términos técnicos, los préstamos que hormiguean en la lengua, si no se tiene en cuenta su
procedencia.
¿Es posible distinguir y apartar el desenvolvimiento natural, orgánico, de un idioma, de sus formas
artificiales, tales como la lengua literaria, que se deben a factores externos y por tanto inorgánicos? ¿No
estamos viendo constantemente desarrollarse una lengua común al lado de los dialectos locales?
Creemos que el estudio de los fenómenos lingüísticos externos es muy fructífero; pero es falso decir que sin
ellos no se pueda conocer el organismo lingüístico interno. Tomemos como ejemplo los préstamos de
palabras extranjeras: lo primero que se puede comprobar es que de ningún modo son un elemento
constante en la vida de una lengua. Hay, en ciertos valles retirados, dialectos que, por así decirlo, jamás han
admitido un solo término artificial venido de afuera. ¿Diremos que esos idiomas están fuera de las
condiciones regulares del lenguaje, que son incapaces de darnos una idea de lo que es el lenguaje, y que
esos dialectos son los que piden un estudio «teratológico» por no haber sufrido mezcla? Pero, ante todo, las
palabras de préstamo ya no cuentan como tales préstamos en cuanto se estudian en el seno del sistema; ya
no existen más que por su relación y su oposición con las palabras que les están asociadas, con la misma
legitimidad que cualquier signo autóctono. De un modo general, nunca es indispensable conocer las
circunstancias en que una lengua se ha desarrollado.
Métodos de estudio diferentes (pag.50)
Para ciertos idiomas, como el zenda y el paleoslavo, ni siquiera se sabe exactamente qué pueblos los han
hablado; pero esta ignorancia en nada nos impide estudiarlos interiormente ni darnos cuenta de las
transformaciones que ha sufrido. En todo caso, la separación de los dos puntos de vista se impone, y cuanto
con mayor rigor se observe mejor será.La mejor prueba es que cada uno de ellos crea un método distinto.
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La lingüística externa puede amontonar detalle sobre detalle sin sentirse oprimida en el torniquete de un
sistema. Por ejemplo, cada autor agrupará como mejor entienda los hechos relativos a la expansión de una
lengua fuera de su territorio; si se estudian los factores que han creado una lengua literaria frente a los
dialectos, siempre se podrá echar mano de la simple enumeración; si se ordenan los hechos de un modo
más o menos sistemático, eso será no más que por necesidades de la claridad.
Para la lingüística interna la cosa es muy distinta: la lingüística interna no admite una disposición cualquiera;
la lengua es un sistema que no conoce más que su orden propio y peculiar. Una comparación con el ajedrez
lo hará comprender mejor. Aquí es relativamente fácil distinguir lo que es interno de lo que es externo: el
que haya pasado de Persia a
Europa es de orden externo; interno, en cambio, es todo cuanto concierne al sistema y sus reglas. Si
reemplazo unas piezas de madera por otras de marfil, el cambio es indiferente para el sistema; pero si
disminuyo o aumento el número de las piezas tal cambio afecta profundamente a la «gramática» del juego.
Es verdad que para hacer distinciones de esta
clase hace falta cierta atención. Así en cada caso se planteará la cuestión de la naturaleza del fenómeno, y
para resolverlo se observará esta regla: es interno todo cuanto hace variar el sistema en un grado
cualquiera.
1.4 La escritura como manifestación de la lengua
FERDINAND DE SAUSSURE
CURSO DELINGÜÍSTICA GENERAL
Traducción, prólogo y notas de AMADO ALONSO
VIGESIMACUARTA EDICIÓN E D
CAPÍTULO VI
REPRESENTACIÓN DE LA LENGUA POR LA ESCRITURA (pag. 51)
1. NECESIDAD DE ESTUDIAR ESTA MATERIA
El objeto concreto de nuestro estudio es, pues, el producto social depositado en el cerebro de cada uno, o
sea, la lengua. Pero este producto difiere según los grupos lingüísticos: lo que nos es dado son las lenguas. El
lingüista está obligado a conocer el mayor número posible de ellas, para sacar de su observación y de su
comparación lo que en ellas haya de universal.
Ahora bien, la mayor parte de las lenguas no las conocemos más que por la escritura. Hasta para nuestra
lengua materna intervienen los documentos a cada instante. Y cuando se trata de un idioma hablado a
alguna distancia, todavía es más necesario acudir al testimonio escrito; con mayor razón con las lenguas que
han dejado de existir. Para disponer en todos los casos de documentos directos sería necesario que se
hubiera hecho en todo tiempo lo que se hace actualmente en Viena y en París: una colección de muestras
fonográficas de todas las lenguas. Y todavía tendríamos que recurrir a la escritura para hacer conocer a los
demás los textos consignados de esta manera. Así, aunque la escritura sea por sí misma extraña al sistema
interno, es imposible hacer abstracción de un procedimiento utilizado sin cesar para representar la lengua;
es necesario conocer su utilidad, sus defectos y sus peligros.
2. PRESTIGIO DE LA ESCRITURA. CAUSAS DE SU ASCENDIENTE SOBRE LA FORMA ORAL
Lengua y escritura son dos sistemas de signos distintos; la única razón de ser del segundo es la de
representar al primero; el objeto lingüístico no queda definido por la combinación de la palabra escrita y la
palabra hablada; esta última es la que constituye por sí sola el objeto de la lingüística. Pero la palabra escrita
se mezcla tan íntimamente a la
palabra hablada de que es imagen, que acaba por usurparle el papel principal; y se llega a dar a la
representación del signo vocal tanta importancia como a este signo mismo. Es como si se creyera que, para
conocer a alguien, es mejor mirar su fotografía que su cara.
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Prestigio de la escritura (pag.52)
Esta ilusión ha existido en todos los tiempos, y de ella están teñidas las opiniones habituales que corren
sobre la lengua. Así, se cree comúnmente que un idioma se altera más rápidamente cuando no existe la
escritura: nada más falso. La escritura puede muy bien, en ciertas condiciones, retardar los cambios de la
lengua, pero, a la inversa, su conservación
de ningún modo está comprometida por la falta de escritura. El lituano, que se habla todavía hoy en la
Prusia oriental y en una parte de Rusia, no se conoce por documentos escritos más que desde 1540; pero en
esa época tardía ofrece en su conjunto una imagen del indoeuropeo tan fiel como el latín del siglo III antes
de Cristo. Basta este ejemplo para mostrar hasta qué punto es la lengua independiente de la escritura.
Ciertos hechos lingüísticos muy delicados se han conservado sin ayuda de notación alguna. En todo el
período del antiguo alto alemán se ha escrito tōten, fuolen y stōzen, mientras que a finales del siglo XII
aparecen las grafías töten, füelen contra stōzen que subsiste. ¿De dónde procede esta diferencia? En todas
las palabras en que se produce había una y en la sílaba siguiente; el protogermánico presentaba *daupyan,
*fōlyan, pero *stautan. En los umbrales del período literario, hacia el 800, esa y se debilitó hasta tal punto
que la escritura no conservó de ella recuerdo alguno durante tres siglos; sin embargo, la y había dejado una
ligera huella en la pronunciación. ¡Y he aquí que hacia 1180, como hemos visto, reaparece milagrosamente
en la forma del Umlaut! Así, sin la ayuda de la escritura, este matiz de pronunciación ha sido transmitido con
exactitud.
La lengua, pues, tiene una tradición oral independiente de la escritura, y fijada de muy distinta manera; pero
el prestigio de la forma escrita nos estorba el verla. Los primeros lingüistas se equivocaron en esto, como
antes se habían equivocado los humanistas. Ni el mismo Bopp hace distinción clara entre la letra y el sonido;
al leerle, se creería que una
lengua es inseparable de su alfabeto. Sus sucesores inmediatos cayeron en la misma trampa; la grafía th de
la fricativa þ(1) hizo creer a Grimm no sólo que ese sonido era doble, sino incluso que era una oclusiva
aspirada; de ahí el lugar que le asigna en su ley de la mutación consonantica o Lautverschiebung (ver pág.
170). Todavía hoy hombres ilustrados confunden la lengua con su ortografía. ¿No decía Gaston Deschamps
que Berthelot «había preservado al francés de la ruina» porque se había opuesto a la reforma ortográfica?
(95)
1 [Es el sonido de la z castellana; los indoeuropeístas lo representan con el signo p del antiguo alfabeto
germánico; otros con el signo θ tomado del griego. A. A.]8
La lengua y su escritura (pag. 53)
Pero ¿cómo se explica semejante prestigio de la escritura?
1° En primer lugar, la imagen gráfica de las palabras nos impresiona como un objeto permanente y sólido,
más propio que el sonido para constituir la unidad de la lengua a través del tiempo. Ya puede ese vínculo ser
todo lo superficial que se quiera y crear una unidad puramente ficticia: siempre será mucho más fácil de
comprender que el vínculo natural, el
único verdadero, el del sonido.
2° En la mayoría de los individuos las impresiones visuales son más firmes y durables que las acústicas, y por
eso se atienen de preferencia a las primeras. La imagen gráfica acaba por imponerse a expensas del
sonido.
3° La lengua literaria agranda todavía la importancia inmerecida de la escritura. Tiene sus diccionarios, sus
gramáticas; según los libros y con libros es como se enseña en la escuela; la lengua aparece regulada por un
código; ahora bien, ese código es a su vez una regla escrita, sometida a un uso riguroso: la ortografía; eso es
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lo que confiere a la escritura una importancia primordial. Se acaba por olvidar que se aprende a hablar antes
que a escribir, y la relación natural queda invertida.
4° Por último, cuando hay desacuerdo entre la lengua y la ortografía, el debate es siempre muy difícil de
zanjar para quien no sea lingüista; pero como el lingüista no tiene voz en la disputa, la forma escrita obtiene
casi fatalmente el triunfo, porque toda solución que se atenga a ella es más cómoda; la escritura se arroga
de esta ventaja una importancia a que no tiene derecho.
3. LOS SISTEMAS DE ESCRITURA
No hay más que dos sistemas de escritura:
1° El sistema ideográfico, en el cual la palabra está representada por un signo único y ajeno a los sonidos de
que se compone. Ese signo se refiere al conjunto de la palabra, y de ahí, indirectamente, a la idea que
expresa. El ejemplo clásico de tal sistema es la escritura china.
2° El sistema llamado comúnmente «fonético», que aspira a reproducir la serie de sonidos que se suceden
en la palabra. Las escrituras fonéticas pueden ser silábicas o alfabéticas, es decir, basadas en los elementos
irréductibles del habla.
Por lo demás, las escrituras ideográficas se hacen fácilmente mixtas: ciertos ideogramas, desviados de su
valor primero, acaban por representar sonidos aislados.
Desacuerdo entre grafía y sonido (pag. 54)
Hemos dicho que la palabra escrita tiende a suplantar en nuestro espíritu a la palabra hablada: eso es cierto
para los dos sistemas de escritura, pero la tendencia es más fuerte en el primero. Para el chino, el ideograma
y la palabra hablada son signos de la idea con igual legitimidad; para él, la escritura es una segunda lengua, y
en la conversación, cuando dos palabras habladas tienen el mismo sonido, se suele recurrir a la palabra
escrita para explicar el pensamiento. Pero esta
substitución, por el hecho de que puede ser absoluta, no tiene las mismas consecuencias enojosas que en
nuestra escritura; las palabras chinas de diferentes dialectos que corresponden a una misma idea se
incorporan igualmente bien al mismo signo gráfico. Vamos a limitar nuestro estudio al sistema fonético, y
muy especialmente
al que hoy en día está en uso y cuyo prototipo es el alfabeto griego.
En el momento en que se establece un alfabeto de esta clase ya refleja la lengua de una manera bastante
racional, a menos que sea un alfabeto prestado y lleno por eso de inconsecuencias. Desde el punto de vista
de la lógica, el alfabeto griego es particularmente notable, como veremos en la página 65. Pero esta armonía
entre la grafía y la pronunciación
no dura. ¿Por qué? Eso es lo que vamos a ver.
4. CAUSAS DE DESACUERDO ENTRE LA GRAFÍA Y LA PRONUNCIACIÓN
Las causas son muchas; vamos a detenernos sólo en las más importantes.
Primero, la lengua evoluciona sin cesar, mientras que la escritura tiende a quedar inmutable. De aquí que la
grafía acabe por no corresponder ya a lo que debe representar. Una notación consecuente en una época
dada será absurda un siglo después. Durante cierto tiempo se modifica el signo gráfico para conformarlo a
los cambios de pronunciación, pero luego se renuncia a seguir. Es lo que ha sucedido con el francés oi.
Se pronunciaba: Se escribía:
En el siglo XI 1. rei, lei rei, lei
" " " XIII 2. roi, loi roi, loi
" " " XIV 3. roè, loè roi, loi
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" " " XIX 4. rwa, lwa roi, loi
Causas de desacuerdo (Pag.55)
Así pues, hasta la segunda época se tuvieron en cuenta los cambios ocurridos en la pronunciación; a una
etapa de la historia de la lengua corresponde una etapa en la historia de la grafía. Pero a partir del siglo XIV
la escritura quedó estacionaria, mientras que la lengua seguía su evolución, y desde ese momento ha habido
un desacuerdo cada vez más
grave entre ambas. Por último, como se continuaba juntando términos discordantes, este hecho ha tenido
su repercusión en el sistema mismo de la escritura: la expresión gráfica oi ha tomado un valor extraño a los
elementos
de que se compone.
Se podrían multiplicar los ejemplos indefinidamente. Así, ¿por qué se escribe mais y fait lo que los franceses
pronuncian mè y f è? ¿Por qué la c ante e, i, tiene en francés el valor de s? Es porque se han
conservado grafías que ya no tienen razón de ser.
Esta causa actúa en todos los tiempos: actualmente la antigua l palatal francesa [ ll castellana] se ha
cambiado en yod; los franceses pronuncian éveyer, mouyer, como essuyer, nettoyer, pero continúan
escribiendo éveiller, mouiller.
Otra causa de desacuerdo entre la grafía y la pronunciación: cuando un pueblo toma de otro su alfabeto,
suele suceder que los recursos de ese sistema gráfico no se adaptan bien a la nueva función; entonces hay
que recurrir a expedientes: por ejemplo, hay que servirse de dos letras para designar un solo sonido. Es el
caso para la þ (fricativa dental sorda [= z
castellana actual]) de las lenguas germánicas: como el alfabeto latino no ofrecía ningún signo para
representarla, se la representó con th. El rey merovingio Chilperico intentó añadir a las letras latinas un
signo especial para este sonido; pero no tuvo éxito y el uso consagró th. El inglés medieval tenía una e
cerrada (por ejemplo en sed 'simiente') y una e abierta
(por ejemplo, en led 'conducir'); pero como el alfabeto no ofrecía signos distintos para estos dos sonidos se
recurrió a escribir seed y lead. En francés, para representar la chicheante s se recurrió al signo doble ch,
etc.1 Y todavía queda la preocupación etimológica, que ha sido preponderante en ciertas épocas, por
ejemplo durante el Renacimiento. Con frecuencia suele ser una etimología falsa la que impone una grafía;
así, se ha introducido una d en el francés poids como si viniera del latín pondus cuando la verdad es que
viene de pensum. Pero poco importa que la aplicación del principio sea correcta o no: es el principio mismo
de la escritura etimologista lo que es erróneo.
A veces no se ve la causa: algunos preciosismos ni siquiera tienen la excusa de la etimología. ¿Por qué se ha
escrito en alemán thun en lugar de tun? Se ha dicho que la h representa la aspiración que sigue a la
consonante; pero entonces se tendría que haber introducido siempre que se presente la misma aspiración, y
un montón de palabras no la han recibido
nunca (Tugend, Tisch, etcétera).
(El castellano antiguo tanteó varios subterfugios gráficos para representar con el alfabeto latino los sonidos nuevos. Para el sonido
prepalatal, africado, sordo, que hoy escribimos ch, además de esta combinación, c y h, se escribía gg: Sanggeç (Sánchez), contradiggo
(contradicho), y también cc, cx, cxi, cgi y chy: pecce (peche), Sancxo, Sancxio, Sancgio. Sanchyo. Ver MENÉNDEZ PIDAL, Orígenes del
español, § 8. A.A.)
5. EFECTOS DEL DESACUERDO (pag.56)
Sería demasiado largo clasificar las inconsecuencias de la escritura. Una de las más desdichadas es la
multiplicidad de signos para un mismo sonido. Así para la Ž el francés tiene j, g, ge (joli, geler, geai); para la z
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(s sonora), z y s (zone, rose); para la s (sorda), s, c, ç, t, ss, sc, sç, x (serrer, principe, reçu, nation, chasser,
acquiescer, acquiesçant, dix); para la k
usa c, qu, k, ch, cc, cqu (encore, que, kangourou, chiromancie, accord, acquérir). Y al revés, varios valores se
representan con el mismo signo: así, la t representa t o s, la g representa g o ž, etc. Señalemos, por último,
las «grafías indirectas». En alemán, si bien no hay consonantes dobles en Zettel, Teller, etc., se escribe tt y ll
sólo para indicar que la vocal precedente es breve y abierta. Por una aberración del mismo género el inglés
añade una e muda final para alargar la vocal precedente: compárese mode (pron. mēd) y mad (pron. mād).
Esta e, que afecta en realidad a la sílaba única, crea una segunda sílaba para el ojo.Estas grafías irracionales
todavía corresponden a algo de la lengua; pero otras no corresponden a nada. El francés actual no tiene
consonantes dobles, salvo en los futuros antiguos mourrai, courrai; sin embargo, la ortografía
pulula(abunda) de consonantes dobles ilegítimas (bourru, sottise, souffrir, etcétera).
Y así sucede que, como no está fijada y como busca su regla, la escritura vacila; de ahí esas ortografías
fluctuantes que representan los intentos hechos en diferentes épocas para figurar los sonidos. Así en ertha,
erdha, erda, o bien en thrī, dhrī, drī del antiguo alto alemán, th, dh, d representan seguramente un mismo
sonido; ¿pero cuál? Imposible saberlo
por la escritura. Y de aquí resulta la complicación de que ante dos grafías para una misma forma, no siempre
es posible decidir si se trata realmente de dos pronunciaciones. Los documentos de dialectos vecinos
escriben la misma palabra unos con asca otros con ascha; si los sonidos son idénticos, es un caso de
ortografía fluctuante; si no, la diferencia es fonológica y dialectal, como en las formas griegas paízō, paízdō,
paíddō. O, por último, se trata de dos épocas sucesivas; si en inglés encontramos primero hwat, hweel, etc.,
después what, wheel, etc., ¿estamos ante un cambio
gráfico o un cambio fonético?
La conclusión evidente de todo esto es que la escritura vela y empaña la vida de la lengua: no es un vestido,
sino un disfraz. Bien lo muestra la ortografía de la palabra francesa oiseau, donde ni uno solo de los sonidos
de la palabra hablada (wazó) está representado por su signo propio: de la imagen de la lengua no queda
nada.
Otra conclusión es que cuanto menos representa la escritura lo que debe representar, tanto más se refuerza
la tendencia a tomarla por base; los gramáticos se encarnizan en llamar la atención sobre la forma escrita.
Psicológicamente esto se explica muy bien, pero tiene consecuencias molestas.
Escritura y pronunciación 57
El empleo que se hace en francés de las palabras «prononcer» y «prononciation » es una consagración de
ese abuso y trastrueca la relación legítima y real que existe entre la escritura y la pronunciación. Cuando se
dice que es necesario pronunciar una letra de tal o de cual manera, se toma la imagen por el modelo. Para
que oi se pudiera pronunciar wa,
tendría que empezar por existir por sí mismo. En realidad es wa lo que se escribe oi. Para explicar tal
extravagancia se añade que en este caso se trata de una pronunciación excepcional de o y de i; y esto es
otra vez una expresión falsa, ya que implica una dependencia de la lengua frente a la forma escrita. Se diría
que se permite algo contra la escritura como si el signo gráfico fuese la norma.
Estas ficciones se manifiestan hasta en las reglas gramaticales, por ejemplo la de la h en francés. En francés
hay palabras con vocal inicial sin aspiración, pero que han recibido una h por recuerdo de su forma latina; así
homme (ant. ome), por causa de homo. Pero hay otras, procedentes del germánico, en las que la h ha sido
realmente pronunciada: hache,
hareng, honte, etc. Mientras la aspiración subsistió, esas palabras se plegaron a las leyes relativas a las
consonantes iniciales, y se decía deu haches, le hareng, mientras que, según la ley de las palabras que
comienzan
por vocal, se decía deu-z-hommes, l'homme. En aquella época, la regla «delante de h aspirada no se hacen ni
el enlace (fr. liaison) ni la elisión»era correcta. Pero en la actualidad esa fórmula carece de sentido: la h
aspirada ya no existe, a menos que se llame así a esa cosa que no es un sonido, pero ante la cual no se hace
ni enlace ni elisión. Es, pues, un
círculo vicioso, y la h no es más que un ente ficticio, surgido de la escritura.
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Lo que fija la pronunciación de un vocablo no es su ortografía, es su historia. Su forma, en un momento
dado, representa una etapa de la evolución que está forzado a seguir, evolución regulada por leyes precisas.
Cada etapa puede ser fijada por la precedente. Lo único que hay que considerar, y lo que más se olvida, es la
ascendencia de la palabra, su etimología.
Deformaciones debidas a la grafía (pag.58)
El nombre de la villa de Auch es oš en la transcripción fonética. Es el único caso en que la ch francesa
representa el sonido s en final de palabra. No es buena explicación decir: «la ch final no se pronuncia š más
que en Auch»; la única cuestión es saber cómo el latín Auscii ha podido llegar a oš en su transformación; la
ortografía no importa.
¿Se debe pronunciar gageure con ö o con ü? Unos responden gažör, porque heure se pronuncia ör. Otros
dicen: no, sino gažür, porque ge equivale a ž en geôle, por ejemplo. ¡Vana cuestión! La cuestión verdadera
es etimológica: gageure se ha formado sobre gager como tournure sobre tourner; ambas pertenecen al
mismo tipo de derivación: gažür es la única
pronunciación justificada; gažör es una pronunciación debida únicamente al equívoco de la escritura. Y la
tiranía de la letra todavía va más lejos: a fuerza de imponerse a la masa llega a influir en la lengua y a
modificarla.
Eso no sucede más que en los idiomas muy literarios, en los que tan considerable papel desempeñan los
documentos escritos. Entonces la imagen visual llega a crear pronunciaciones viciosas: lo cual es, en
realidad, un hecho patológico. Eso se ve con frecuencia en francés. Así, para el apellido Lef èvre (del latín
faber) había dos grafías, una popular y sencilla Le-fèvre, otra culta y etimológica Lef èbvre. Debido a la
confusión de u y v en la antigua escritura, Lef èbvre se leyó Lefébure, con una b que nunca había existido
realmente en la palabra y con una u procedente de un equívoco.
Pero en la actualidad esa forma se pronuncia realmente (1). Es probable que tales deformaciones se hagan
cada vez más frecuentes, y que se pronuncien cada vez más las letras inútiles. En París ya se dice sept
femmes haciendo sonar la t; Darmesteter prevé el día en que hasta se pronunciarán las dos letras finales de
vingt, verdadera monstruosidad
ortográfica. Estas deformaciones fónicas es verdad que pertenecen a la lengua, pero no resultan de su juego
natural; se deben a un factor que les es extraño. La lingüística debe someterlas a observado en un
compartimiento especial: son casos teratológicos.