Las biografías del presente
Las biografías del presente
En los últimos veinte años, una parte de las artes plásticas producidas por mexicanos se desembarazó de re - presentar la identidad nacional. Desplazó sus miradas —en un mundo en el que la identidad es ya menos “his - tórica” y más noticiosa— hacia la crítica de nuestra mo - dernidad: lo que nos ocurre con la aceleración del tiempo y la reducción del espacio en que vivimos. Es tos cinco artistas nacidos en México no nos muestran una modernidad limpia y muda, sino sus principales pro ductos: la violencia, lo pirata, la nostalgia por el objeto único, el ma labarismo detrás de la estabilidad eco nómica, la ma - quila, y el terror al futuro. Del evento al objeto, al video y al ojo público, buscan las inconformi dades con el es - tado de cosas. Son, los cinco, una resistencia tanto a lo histórico como a lo noticioso. Su pregunta no es qué es Mé xico sino cómo sentimos y pensamos lo que nos ha ocurrido en veinte años de modernización. GABRIEL OROZCO: OBJETOS MEMORABLES Lo recuerdo como maestro de pintura. Taciturno, sin de masiadas palabras, nos enseñaba a copiar sin mirar el papel: “no pienses que es una cara, sólo es una forma y una luz”. Cuando leo sobre sus obras —poner naranjas en los quicios de las ventanas que daban a una sala va - cía del MoMA, un billar de péndulo en un club inglés, pasear una moto amarilla por Berlín hasta encontrar una igual— no puedo sino pensar en “El pájaro”, es decir, en Gabriel Orozco jugando al futbol. En el portero pre - ciso, al que no lo vencía la angustia sino que es peraba guardando el equilibrio hasta que el balón ya trazaba su trayectoria. Leo decenas de explicaciones sobre su obra que van del arte povera a Pitágoras, y de regreso, a la topología. Lo que veo es un cuarto de juegos. Hay ju - guetes costosos, como el automóvil Citroën que parte en tres y sutura en dos, o una bola de plastilina, un ajedrez con puros caballos y una mesa de ping-pong con un estanque en medio, en el que, como en el golf, la cien - cia y la escultura, los errores se quedan flotando. Ga briel Orozco juega con todo: el espacio, la tradición escultórica, la idea de arte. Y se ríe de todos. Su foto del trasero de un caballo con la cola larga —que a los críticos les dan ganas de hablar de la pobreza en América Latina— me hace reír porque retrata la parte menos noble. Es un artista que viaja por el mundo en busca de un encantaCinco artistas mexicanos contemporáneos Las biografías del presente El escritor y periodista Fabrizio Mejía Madrid nos ofrece una pe - queña galería donde se conjunta la obra de cinco artistas visua - les: Gabriel Orozco, Teresa Margolles, Héctor Zamora, Damián Ortega y Carlos Amorales. Gracias a la pluma voyeurista de su autor nos encontramos con un espléndido panorama del arte contemporáneo en nuestro país. Fabrizio Mejía Madrid Sec.03_Revista UNAM 10/29/10 8:47 PM Página 80 miento. Cuando lo encuentra, lo interviene, juega con los sentidos del volumen, y lo fotografía. Su bitácora entre Nueva York, París, México, Londres, Mali, Corea coincide, tras la caída del socialismo, con el aumento de los viajes por el mundo, sobre todo de las mercancías. Pero, a pesar de que la obra de Orozco trata con objetos, tiene justo el signo contrario de la apertura comercial: casi siempre sus materiales son dese - chos y en ellos se busca una mirada re-encantada. No se trata del silencio del objeto colocado en la galería, sino de encontrar un camino de vuelta hacia el mundo. Su taller, como el mago ambulante, es la calle —“donde ha - ya buena luz, ésa es mi hora de trabajar”—, los materiales desdeñados, los aparatos dejados atrás por la tecnología, la materia de un tipo de escultura que no se diferencia de la fotografía. En su retrospectiva en Filadelfia (1999) coloca las fotos de sus obras revueltas con pedazos de esculturas prehispánicas existentes en el Mu - seo de Arte. Cuando uno entra a la sala parecen esculturas con volumen pero, al darles la vuelta, son foto - gra fías montadas sobre estructuras metálicas, lo que constituye, irónicamente, la verdadera escultura: “es cuestionar infinitamente la estructura lo que constituye la estructura”, le dijo sobre esto a un crítico norteamericano. Una especie de “lo que resiste apoya”, tan de la política mexicana. En esa retrospectiva Orozco in - cluyó las fotos de esculturas prehispánicas para darle un aire de “vitrina de museo regional”. A pesar de que, para la exposición Documenta en Alemania (1999), presenta el volumen de una calavera con cuadros en ne - gro, no es el “mexicanismo” lo que impulsa al autor: tras un colapso pulmonar pasa seis meses encerrado dibujando una de las topologías más difíciles: el cráneo hu - mano. Es un viaje hacia la muerte, hacia las cuencas que te absorben. A pesar, pues, de ser veracruzano (1962), Gabriel Orozco es un viajero que trae recuerdos en volumen de sus viajes: de su visita a una fábrica de ladrillos en Mé - xico traerá una de sus obras más conmovedoras (Mis manos son mi corazón, 1991); en Nueva York construirá una bola de plastilina con su mismo peso y la rodará por las calles hasta convertirla en un soporte de polvo, ba - suras, huellas dactilares de los peatones que la ayudaron a empujar (Piedra que cede, 1992). La bola funciona como un autorretrato; cerca de Bahía en Brasil en con - trará un mercado cerrado y acomodará una naranja en cada mesa vacía. Los comerciantes le gritan: “Turista loco” (Turista Maluco, 1991); en París cortará y re-en - samblará un auto DS de la Citroën, símbolo de la pos - guerra y a cuyo diseño se refirió Roland Barthes (La DS, 1993); en Rotterdam le quitará los asientos a una bi cicletas y las embonará por sus tubos (Siempre hay una dirección, 1994); en Berlín paseará una motoneta amarilla que se fabricaba en la RDA socialista y tratará de que se encuentre con otra igual. Un comentario so - bre la unificación alemana y las relaciones amorosas (Has ta encontrar otra Schwalbe amarilla, 1995); en Is - landia abri rá un paracaídas blanco acomodado sobre un tallo de hi lo como una flor inmensa (Paracaídas en Islandia, 1996); en San Petersburgo pegará monedas en una ventana que da a la Catedral para señalar las puntas de los edificios (Monedas en la ventana, 1994); en Delhi tomará la foto de una pringosa sala de espera en la que las cabezas han dejado rastros de mugre y grasa sobre la pared (Sala de espera, 1996); en un club abandonado de Londres, que comenzó como casino y terminó por ser casa de bolsa de valores, construye un bi - llar circular con la pelota roja colgando como péndulo para que otras bolas le peguen sin meterla en ningún hoyo (Oval con péndulo, 1996). Un comentario sobre el azar y la economía global; en Chicago salvará a un elevador de una demolición y lo exhibirá desnudo de lo que nunca vemos: el exterior de su interior, los me - canismos con los que sube y baja.