EL IMPERIALISMO DEL SIGLO XXI.
EL IMPERIALISMO DEL SIGLO XXI.
El renovado interés que suscita el estudio del imperialismo está modificando el debate sobre la globalización, hasta ahora exclusivamente centrado en la crítica al neoliberalismo y el análisis de los rasgos novedosos de la mundialización. El imperialismo es una noción que conceptualiza dos tipos de problemas. Por un lado, las relaciones de dominación vigentes entre los capitalistas del centro y los pueblos periféricos y por otra parte, las vinculaciones prevalecientes entre las grandes potencias en cada etapa del capitalismo.
Cuando la fortuna de 3 multimillonarios sobrepasa el PBI de 48 naciones y cada cuatro segundos un individuo de la periferia muere de hambre, resulta difícil ocultar que el ensanchamiento de la brecha entre los países avanzados y subdesarrollados obedece a relaciones de opresión. Los países periféricos no son sólo «perdedores» de la mundialización, sino que soportan una intensificación de las transferencias de recursos que históricamente frustraron su crecimiento. Este drenaje ha provocado la duplicación de la miseria extrema en las 49 naciones más empobrecidas y mayores deformaciones en la acumulación fragmentaria de los países dependientes semi industrializados. El análisis del imperialismo no ofrece una interpretación conspirativa del subdesarrollo, ni exculpa a los gobiernos locales de esta situación.
Simplemente aporta una explicación de por qué la acumulación se polariza a escala mundial, reduciendo las posibilidades de nivelación entre economías disímiles. El mapa mundial ha quedado moldeado por una «arquitectura estable» del centro y una «geografía variable» del subdesarrollo, dónde sólo caben modificaciones del estatus periférico de cada país dependiente. La teoría del imperialismo atribuye estas asimetrías a la transferencia sistemática del valor creado en la periferia hacia los capitalistas del centro. Estas traslaciones se concretan a través del deterioro de los términos de intercambio comercial, la succión de recursos financieros y la remisión de utilidades industriales.
El correlato político de este drenaje es la pérdida de autonomía política de las clases dominantes periféricas y la intervención militar creciente del gendarme norteamericano. Estos tres rasgos del imperialismo contemporáneo se observan con nitidez en la realidad latinoamericana. Estos desplomes provocaron quiebras bancarias, cuyo socorro estatal agravó el agobio de la deuda pública, obstaculizó la aplicación de políticas reactivas y acentuó la pérdida de soberanía monetaria y fiscal. Estas crisis obedecen a la dominación imperialista y no exclusivamente a la instrumentación de políticas neoliberales, que también han prevalecido en los países centrales.
Los desmoronamientos que soporta la periferia latinoamericana son muy superiores a los desequilibrios predominantes en Estados Unidos, Europa o Japón, porque están caracterizados por el derrumbe periódico de los precios de las materias primas exportadas, la periódica cesación de pagos de la deuda y la desarticulación de la industria local. La periferia es más vulnerable a las turbulencias financieras internacionales, porque su ciclo económico depende del nivel de actividad de las economías avanzadas. Además, el avance de la mundialización acentúa esta fragilidad, al profundizar la segmentación de la actividad industrial, la concentración del trabajo calificado en el centro y el ensanchamiento de los desniveles de consumo. La dominación imperialista les permite a las economías desarrolladas transferir parte de sus propios desequilibrios a los países dependientes.
Mientras que una crisis equivalente al 30 ya se ha registrado en la periferia, esta caída constituye sólo una eventualidad para el centro. La región ha vuelto a la dramática situación de la «década pérdida» de los 80. Luego de cuatro años de salidas netas de capital, el ingreso de inversiones se ha estancado y la especialización productiva en actividades básicas afianza el deterioro comercial. La dominación imperialista es el origen de los grandes desequilibrios económicos que derivan en déficit comercial, descontrol fiscal o depresión productiva.
Al ignorar la opresión del imperialismo tienden a cambiar frecuentemente de opinión y denigran con inusitada rapidez los modelos económicos que antes elogiaban. Pero evadir el análisis del imperialismo se ha vuelto prácticamente imposible desde el lanzamiento del ALCA. Este proyecto estratégico de dominación norteamericana apunta a expandir las exportaciones estadounidenses para bloquear la concurrencia europea y consolidar el control de la primera potencia de todos los negocios lucrativos de la región. El ALCA es un tratado neocolonial que impone la apertura comercial latinoamericana sin ninguna contrapartida estadounidense.
El ALCA desenmascara el doble discurso imperialista, que incentiva la apertura comercial en el exterior y el proteccionismo en casa. La implementación del acuerdo provocaría un colapso de países medianamente industrializados como Brasil y de asociaciones regionales como el Mercosur, mientras que sólo permitiría una débil adaptación al convenio de las economías pequeñas o complementarias en rubros muy específicos con Estados Unidos. Al cabo de una década de neoliberalismo, el mensaje imperialista de apertura comercial ya no engaña a nadie. África, por ejemplo, detenta una tasa de comercio extrarregional en proporción al PBI muy elevada en comparación a Europa o Estados Unidos y es la región más empobrecida del planeta.
Este caso extremo de subordinación desfavorable a la división internacional del trabajo ilustra la situación de dependencia general que soportan las economías periféricas. El correlato político de la dominación económica imperialista es una recolonización de la periferia, que se apoya en la creciente asociación de las clases dominantes locales con sus socios del norte. La pérdida de la soberanía económica le otorgó al FMI un manejo directo de la gestión macroeconómica y al Departamento de Estado una incidencia equivalente sobre las decisiones políticas. Existe incluso una capa de funcionarios que es más fiel a los organismos imperialistas que a sus estados nacionales.
Cómo han sido educados en las universidades norteamericanas, adiestrados en los organismos internacionales y entrenados en las grandes corporaciones, sus carreras están más atadas al futuro de estas instituciones que a la salud de los estados que gobiernan. La pérdida de legitimidad que soportan los gobiernos servidores del FMI produjo en los últimos dos años el colapso de los regímenes de cuatro países. Al cabo de un largo proceso de erosión de la autoridad de los partidos tradicionales, los gobiernos se tornan frágiles, los regímenes tienden a disgregarse y algunos estados se desmoronan. Esta secuencia corona el vaciamiento de instituciones, que ya no receptan ningún reclamo popular y que simplemente operan como agentes del imperialismo.
La diplomacia norteamericana ha comenzado incluso a evaluar la posibilidad de restaurar los viejos protectorados, en los estados que considera definitivamente «fracasados». El cuidado por minimizar la presencia directa de tropas norteamericanas apunta a reducir la pérdida de vidas estadounidenses mediante un mayor desangre de los «nativos». Con la guerra en Colombia se busca restaurar la autoridad de un estado desmembrado y recomponer la apropiación imperialista de los recursos estratégicos. Como lo prueba la conspiración en Venezuela, estas acciones también apuntan a garantizar el aprovisionamiento petrolero de Estados Unidos.
Para asegurar este abastecimiento, la CIA ya instaló también un centro estratégico en Ecuador y audita desde la vecindad fronteriza todo el territorio mexicano. El imperialismo está embarcado en modernizar sus bases militares con efectivos de alta movilidad. Este giro belicista se acentuó luego del 11 de septiembre, porque Estados Unidos apuesta a reactivar su economía mediante el rearme y tiene en carpeta planes de guerra contra Irak, Irán, Corea del Norte, Siria y Libia. Este relanzamiento militar es la respuesta imperialista a la desintegración de estados, economías y sociedades periféricas, que provoca el creciente ejercicio de la dominación sobre la periferia.
El estado general de guerra perpetúa la inestabilidad, provocada por la depredación económica, la balcanización política y la devastación social de la periferia. Debido a esta significación estratégica constituyen centros de la dominación imperialista y sufren procesos muy semejantes de desarticulación estatal, debilitamiento económico de la clase dominante local y pérdida de autoridad de los representantes políticos tradicionales.
La expropiación económica, la recolonización política y el intervencionismo militar conforman el triple pilar del imperialismo actual. Algunos presentan la fractura entre "ganadores y perdedores" de la globalización como un "costo del desarrollo", sin explicar por qué este precio se perpetúa a lo largo del tiempo y recae siempre sobre las naciones que ya cargaron en el pasado con ese padecimiento. Los neoliberales tienden a pronosticar que el fin del subdesarrollo sobrevendrá en los países periféricos que apuesten a la "atractividad" del capital extranjero y a la "seducción" de las corporaciones. Pero las naciones dependientes que intentaron este camino en la última década abriendo sus economías soportan hoy la factura más pesada de las "crisis emergentes".
Al otorgar mayores facilidades al capital imperialista removieron las barreras que limitaban la depredación de sus recursos naturales y por eso, ahora padecen un intercambio comercial más asimétrico, un vaciamiento financiero más intenso y una desarticulación industrial más acentuada. Hardtviii presentan un cuestionamiento más serio a la teoría del imperialismo, porque estiman que la globalización diluye las fronteras entre el Primer y Tercer Mundo. Consideran que un nuevo capital global actúa en torno a la ONU, el G 8, el FMI y la OMC y ha creado una soberanía imperial, que enlaza a las fracciones dominantes del centro y la periferia en un mismo sistema de opresión mundial. No sólo la prosperidad norteamericana de la última década contrastó con el derrumbe generalizado de las naciones subdesarrolladas, sino que el colapso social de la periferia no tiene por ahora equivalentes en Europa. Lejos de uniformar la reproducción del capital en un horizonte común, la mundialización profundiza la creciente duplicación de este proceso a escala planetaria. Es cierto que la asociación entre las clases dominantes de la periferia y las grandes corporaciones es más estrecha y que la pobreza se extendió en el corazón del capitalismo avanzado. El mayor entrelazamiento entre las clases dominantes coexiste con la consolidación de la brecha histórica que separa a los países desarrollados y atrasados. Por eso, el capitalismo no se nivela, ni se fractura en torno a un nuevo eje trasnacional, sino que se desenvuelve ahondando la polarización forjada durante el siglo pasado.
La mayor evidencia de esta persistente organización jerárquica del mercado mundial es el poder detentado por los capitalistas de una veintena de naciones sobre los restantes 200 países. Qué un sector de los grupos capitalistas de la periferia incremente su integración con sus aliados del centro no los convierte en partícipes de la dominación global, ni diluye su debilidad estructural. Aunque el salto registrado en la internacionalización de la economía es muy significativo, los capitales continúan operando en el marco de un orden imperialista que fractura al centro de la periferia.
CLASES Y ESTADOS
Algunos autores sostienen que la transnacionalización del capital se ha extendido a las clases y a los estados, creando un nuevo corte transversal de dominación global que atraviesa a todos los países y estratos sociales. No es lo mismo una alianza entre sectores dominantes en el mercado mundial que un plan neocolonial de una potencia. En realidad, sólo la alta burocracia de los países periféricos también perteneciente a los organismos internacionales constituye un grupo social plenamente "transnacionalizado". La lealtad de este sector hacia el FMI o la OMC es mayor que hacia los estados nacionales que manejan y se podría incluso caracterizar que el comportamiento y las perspectivas de estos funcionarios anticipa el curso futuro de las clases capitalistas del Tercer Mundo.
Pero esta evolución constituye una posibilidad y no representa todavía una realidad verificable, especialmente en los países de la periferia superior , cuya clase dominante está muy enlazada con los procesos de acumulación dependientes de los mercados internos. La mayor parte de los críticos del neoliberalismo en la periferia reconocen que la dependencia persiste como una causa central del subdesarrollo. Pero proponen superar esta sujeción mediante la construcción de "otro capitalismo". " Auspician esquemas keynesianos, para erigir "estados" de bienestar en la periferia", sostenidos en transformaciones institucionales y en grandes cambios comerciales, financieros e industriales reorientar la producción hacia la actividad local.
¿Pero cómo se construiría un "capitalismo eficiente" en países sometidos al sistemático drenaje de sus recursos? ¿Cómo se lograría actualmente alcanzar un objetivo resignado por la clase dominante desde la mitad del siglo XIX? ¿Qué grupos construirían este sistema de mejoras sociales y maximización del beneficio? 43. Los partidarios del nuevo capitalismo periférico no brindan respuestas a ninguno de estos interrogantes cruciales. Ignoran que el margen para implementar su proyecto se ha reducido a partir de la asociación creciente de las clases dominantes periféricas con el capital metropolitano. Esta vinculación obstaculiza la acumulación interna, multiplica la salida de capitales y dificulta la aplicación de políticas reactivas de la demanda interna.
Las burguesías que no lograron en el pasado poner en pie un capitalismo autónomo, tienen menos posibilidades de aproximarse a esa meta en la actualidad. La fractura regional repite así la historia de balcanización latinoamericana y confirma la incapacidad de las burguesías locales para instrumentar políticas de acumulación auto centradas. La expectativa en que otros sectores sociales reemplazarán a los empresarios en la tarea de apuntalar un capitalismo próspero tampoco tiene gran fundamento, ni precedentes empíricos. Los partidarios de erigir "otro capitalismo" deberían recordar que el modelo prevaleciente en cada país es producto de ciertas condiciones históricas y no de elecciones libres de sus gestores.
Existe una dinámica objetiva de este proceso que explica por qué el desarrollo del centro acentúa el subdesarrollo de la periferia. Es evidente que todos los miembros de las naciones periféricas hubieran deseado un destino de potencias desarrolladas, pero en el mercado mundial hay poco lugar para grupos dominantes y mucho espacio para las economías dependientes. Por eso, las "economías de mercado exitosas" en la periferia son excepcionales o transitorias. La vigencia de la teoría clásica del imperialismo para explicar las relaciones de dominación entre el centro y la periferia es contundente.
En este segundo sentido, el concepto de imperialismo ya no apunta a esclarecer las causas del atraso estructural de los países subdesarrollados, sino que pretende aclarar el tipo de alianzas y rivalidades predominantes en el campo imperialista. El punto de partida tradicional para analizar este segundo aspecto es la distinción entre fase imperialista y librecambista del capitalismo, propuesta por los teóricos marxistas de principios del siglo XX. Lenin atribuía esta tendencia al conflicto bélico Inter imperialista a la gravitación del monopolio y el capital financiero, Luxemburgo a la necesidad de buscar salidas externas al estrechamiento de la demanda, Bugarín al choque entre los intereses expansionistas y proteccionistas de los grandes carteles y Trotsky al agravamiento de las desigualdades económicas generadas por la propia acumulación. Estos cambios transformaron los términos del análisis del segundo aspecto de la teoría del imperialismo.
Estimaba que el rasgo dominante de la acumulación era la rivalidad creciente y por eso atribuyó a la primer alternativa mayores posibilidades. Además, consideraba muy improbable la indiferencia de las corporaciones hacia la coyuntura económica de sus países de origen y la consiguiente prescindencia frente a las políticas anticíclicas en estas naciones, que supondría este tipo de integraciones. Descartaba este escenario, argumentando que el desarrollo desigual del capitalismo y las crisis crean tensiones incompatibles con la perdurabilidad de alianzas transnacionales. La tercera alternativa super imperialista presagiaba la consolidación del dominio de una potencia sobre las restantes y el sometimiento de los perdedores a relaciones de sujeción semejantes a las vigentes en los países periféricos.
Mendel consideraba en este caso, que la supremacía alcanzada por Estados Unidos no colocaba a Europa y Japón al mismo nivel de dependencia que las naciones subdesarrolladas.
LOS CAMBIOS EN LA CONCURRENCIA INTERIMPERIALISTA
Existe en cambio una versión débil de esta visión centrada ya no en el desenlace militar, sino en el análisis de la concurrencia económica. Algunos analistas subrayan la activa intervención de los estados imperialistas para apuntalar esta competencia, así como la vigencia de políticas neo mercantilismo para debilitar a las compañías rivales. Otros autores remarcan la prioridad que mantienen los mercados internos en la actividad de las corporaciones y la homogeneidad de origen de sus propietarios. Qué el crecimiento norteamericano de la última década se haya concretado a expensas de sus rivales es interpretado también como una expresión del retorno a la concurrencia Inter imperialista.
Esta variedad de argumentos contribuye a refutar la mitología neoliberal sobre el «fin de los estados», la «desaparición de las fronteras» y la «movilidad irrestricta del trabajo». La tesis de la concurrencia Inter imperialista demuestra cómo esta rivalidad limita la deslocalización industrial, la liberalización financiera y la apertura comercial, destacando que la competencia de bloques exige cierta estabilidad geográfica de la inversión, restricciones al movimiento de capital y políticas comerciales orientadas por cada estado. Pero este razonamiento explica solo las modalidades de la disuasión que asumió el choque entre Estados Unidos y la ex URSS, sin aclarar por qué los tres rivales imperialistas prescinden de este tipo de enfrenamiento. También es cierto que la «lucha contra el comunismo» diluyó la concurrencia entre potencias capitalistas, pero este conflicto tampoco estalló luego de concluida la «guerra fría».
La actividad capitalista internacional tiende a entrelazarse con el crecimiento del comercio por encima del aumento de la producción, la formación de un mercado financiero planetario y la afirmación de la gestión globalizada de los negocios por parte de las 51 corporaciones, que ya integran el pelotón de las 100 mayores economías del mundo. Las corporaciones que definen su estrategia a escala global tienden además a predominar sobre las menos internacionalizadas, como lo demuestra por ejemplo, la gravitación del primer tipo de firmas en las fusiones corporativas de la última década. Este avance de la mundialización que debilita la concurrencia tradicional entre potencias imperialistas expresa una tendencia dominante y no sólo un vaivén cíclico del capitalismo. Los períodos de retracción nacional o regional constituyen movimientos contra restantes de ese impulso central a la ampliación del radio de acción geográfico del capital.
En última instancia, la presión mundializada es la fuerza dominante porque refleja la creciente acción de la ley del valor a escala internacional. Cuánto más gravitan las empresas transnacionales, mayor es el campo de valorización del capital a escala global frente a las áreas exclusivamente nacionales. La gestión internacionalizada de los negocios erosiona la vigencia del modelo clásico de concurrencia Inter imperialista. La rivalidad contemporánea entre corporaciones se desenvuelve en un marco de acción más concertada.
En los organismos mundiales de acción política, económica y militar se negocian las reglas de esta actividad común. A diferencia del pasado, la acción tradicional de los bloques competitivos coexiste con la incidencia creciente de esas instituciones, que actúan haciéndose eco de los intereses de las compañías internacionalizadas. Es evidente que la nueva configuración imperialista se sostiene en masacres bélicas sistemáticas, pero los escenarios de estas batallas son periféricos. La multiplicación de estos conflictos no deriva de guerras Inter imperialistas y este cambio obedece a un salto cualitativo de la mundialización, que no es contemplado, ni explicado por el viejo modelo de la concurrencia entre potencias.
Algunos defensores de la hipótesis transnacionalita estiman que las corporaciones actuales ya operan desconectadas de sus países de origen. Otros atribuyen el surgimiento del «capital global» a la informatización de la economía, a la sustitución de la actividad industrial por la acción de las redes y a la expansión del trabajo inmaterial. El transnacionalismo exagera el ascenso del capital global, reflejando cierta presión mediática por construir novedades teóricas al ritmo del consumo periodístico. Basta observar la evolución del parámetro que indicó Mendel - la sensibilidad de las corporaciones globalizadas a cada coyuntura económica nacional- para registrar la invalidez de la tesis ultra imperialista.
Los cuatro rasgos centrales del curso económico de los 90 –reactivación norteamericana, estancamiento europeo, depresión japonesa y desplome de la periferia ilustran la inexistencia de una evolución común del «capital globalizado». Ciertas formas de asociación global comienzan a emerger y por primera vez se están soldando alianzas estructurales transatlánticas y transpacíficas entre compañías europeas, norteamericanas y niponas. Este tipo de conexiones obstaculizan la cohesión de la Unión Europea, obligan a Estados Unidos a fijar su política económica en función del financiamiento externo e inducen a Japón a continuar su resistida apertura de mercados. Pero en la vertiente extrema de Negri esta concepción propaga, además, todo tipo de fantasías sobre el «descentramiento» geográfico, desconociendo que la acción estratégica de las corporaciones continúa asentada en Estados Unidos, Europa o Japón.
El enlace global ha creado un nuevo marco común para la concurrencia, pero sin eliminar los cimientos territoriales de esta competencia. Es cierto, por otra parte, que la transformación informática favorece el entrelazamiento global del capital, ya que tiende a amalgamar la actividad financiera, acelerando las transacciones comerciales y acentuando la reorganización del proceso de trabajo. Pero la revolución tecnológica también refuerza la concurrencia y la necesidad de alianzas regionales entre las corporaciones que se disputan los mercados. La aplicación de las nuevas tecnologías de la información está guiada por parámetros capitalistas de ganancia, concurrencia y explotación que impiden flujos indiscriminados de inversiones a escala global o movimientos irrestrictos de la mano de obra.
Estas localizaciones dependen de condiciones de acumulación y valorización del capital, que obligan a las 200 empresas mundializadas a concentrar sus centros operativos en un pequeño puñado de países centrales
CLASES Y ESTADOS
Quiénes consideran que la transnacionalización del capital ha dado lugar a un proceso equivalente en el terreno de las clases dominantes y los estados, señalan como evidencias de este cambio el avance de la inversión extranjera, la internacionalización del trabajo y la gravitación de los organismos mundiales. Actúa en torno a gobiernos, instituciones y estados distintos, defendiendo políticas arancelarias, impositivas, financieras o monetarias propias y actúa en función de sus intereses específicos. Incluso la integración de ciertas burguesías en torno a un estado supranacional –como en el caso de Europa- no convierte a sus miembros en «capitalistas globales», puesto que no se han enlazados también con sus competidores extracontinentales en un mismo estado. La eventual transnacionalización de la capa gerencial de algunas corporaciones y del segmento directivo de los organismos internacionales tampoco prueba el surgimiento de una clase dominante global.
Los datos de propiedad de las 500 mayores corporaciones confirman esta conexión nacional, ya que el 48% de estas compañías pertenece a capitalistas norteamericanos, el 30% a europeos y el 10% a japoneses. Además, el FMI, la OMC o el WEF no constituyen estructuras estatales homogéneas, sino centros de negociación de las distintas corporaciones, que a través de sus representantes estatales defienden distintos acuerdos comerciales y tratados de inversiones. Las compañías se apoyan en estas estructuras para batallar con sus rivales. Cuando, por ejemplo, Boeing y Airbus se disputan el mercado aeronáutico mundial, recurren más a sus lobistas de Estados Unidos y Europa, que a los funcionarios de la OMC.
En la competencia Inter imperialista chocan estados o bloques regionales y no entrelazamientos Inter corporativos del tipo Toyota-General Motors versus Chrysler-D. El rol privilegiado que mantienen los estados demuestra que las principales funciones capitalistas de esta institución no pueden mundializarse a la misma velocidad que los negocios. Deduce esta vigencia de un análisis restrictivamente jurídico y totalmente desligado de la lógica de funcionamiento del capital. Pero lo más sorprendente es su candorosa presentación de las Naciones Unidas como un sistema opresivo en la cúpula y democrático en la base, olvidando que esta institución –en todos sus niveles- actúa como un pilar del orden imperialista actual.
LOS ERRORES DEL SUPERIMPERIALISMO
En la tesis del imperio está parcialmente implícita una caracterización del dominio indisputado de Estados Unidos. Mientras que la acción de las Naciones Unidas ha quedado acomodada a las prioridades de Estados Unidos, la presencia del gendarme norteamericano se ha extendido a todos los rincones del planeta, a través de los acuerdos con Rusia y la intervención en regiones –como Asia central o Europa Oriental- que estaban fuera de su control. Estados Unidos detenta una clara superioridad tecnológica y productiva frente a sus rivales. Esta supremacía se ha verificado en la actual recesión global, porque el nivel de actividad económica mundial presenta un extraordinario grado de dependencia del ciclo norteamericano.
Estados Unidos retomó en los 90 el liderazgo que desafió Europa en los 70 y Japón en los 80. Esta recuperación hegemónica se explica a su vez por la implantación internacional que tienen las corporaciones estadounidenses y porque el capitalismo norteamericano se ha orientado desde el siglo pasado a penetrar los mercados internos de sus competidores. Los conflictos que oponen a las grandes potencias tienen la envergadura de conflictos Inter imperialistas y no son comprables a los choques entre países centrales y periféricos. En las disputas comerciales con Estado Unidos, Francia no se comporta como Argentina, dentro del FMI Japón no mendiga créditos sino que actúa como acreedor y Alemania es protagonista y no víctima de las resoluciones del G 8.
Las relaciones entre Estados Unidos y sus competidores no presentan los rasgos de la dominación imperial. Existe una contundente primacía norteamericana en las relaciones geopolíticas, pero «el nexo transatlántico» no implican la subordinación de Europa y el «eje del Pacífico» no se caracteriza por la sujeción de Japón a cualquier exigencia de Estados Unidos. La tesis super imperialista sobrevalora el liderazgo norteamericano y desconoce sus contradicciones del liderazgo. Gowin opina acertadamente, que la forma de dominación «supremacista» y no «hegemonista» de Estados Unidos socava su liderazgo.
Pero también esta belicosidad deteriora un curso super imperialista, porque estas agresiones sistemáticas potencian la inestabilidad. En las campañas contra Irak, «el narcotráfico» o el «terrorismo», Estados Unidos busca crear un clima de temor permanente a través de agresiones sin duración acotada, ni objetivos precisos. Este tipo de acción imperialista no sólo disloca naciones, desintegra estados y destruye sociedades, sino que también genera el tipo de «boomerangs» que Estados Unidos acaba de padecer en carne propia con los talibanes. Por eso la perspectiva de super imperialismo no se ha consumado y está amenazada por la propia acción dominante de Estados Unidos.
Ninguno de los tres modelos alternativos al imperialismo clásico esclarece las relaciones actualmente predominantes entre las grandes potencias. La tesis de la concurrencia Inter imperialista no explica las razones que inhiben la confrontación bélica e ignora el avance registrado en la integración de los capitales. El enfoque tradicionalista desconoce que las rivalidades entre las corporaciones continúan mediadas por la acción de las clases y los estados nacionales o regionales. La visión super imperialista no toma en cuenta la inexistencia de relaciones de subordinación entre las economías desarrolladas equiparables a las vigentes en la periferia.
El capital se internacionaliza mientras los viejos estados nacionales continúan asegurando la reproducción general del sistema. La nueva combinación de rivalidad, integración y supremacía imperialistas forma parte de las grandes transformaciones recientes del capitalismo. Se inscribe en el marco de una etapa signada por la ofensiva del capital sobre el trabajo, la expansión sectorial y geográfica del capital, la revolución informática y la desregulación financiera.
Estos procesos han alterado el funcionamiento del capitalismo y multiplicado los desequilibrios del sistema, al debilitar la regulación estatal de los ciclos económicos e incentivar la rivalidad entre las corporaciones. Las viejas instituciones políticas pierden autoridad a medida que parte del poder efectivo se desplaza hacia nuevos organismos mundializados, que carecen a su vez de legitimidad y consenso popular. Además, la escalada militar imperialista provoca colapsos en las regiones periféricas ahondando la inestabilidad mundial. Estas contradicciones son características del capitalismo y no presentan las similitudes con el imperio romano que postulan numerosos autores.
Pero el capitalismo contemporáneo no está erosionado por una expansión territorial desbordada, ni está corroído por el estancamiento agrario, la improductividad del trabajo o el derroche de la casta dominante. A diferencia del modo de producción esclavista, el capitalismo no genera la paralización de las fuerzas productivas, sino un desarrollo descontrolado y sujeto a crisis cíclicas. Las contradicciones derivadas de la acumulación, la extracción de plusvalía, la valorización del capital o la realización del valor conducen a la crisis, pero no a la agonía de la Antigüedad.
LOS AMBITOS DE LA RESISTENCIA POPULAR
Los trabajadores, explotados y oprimidos de todo el planeta son los antagonistas del imperialismo del siglo XXI. Su acción ha modificado en los últimos años el clima de triunfalismo neoliberal prevaleciente en la elite de la clase dominante desde principios de los 90. Sus caracterizaciones son tan superficiales como los desbordantes elogios que antes propinaban al capitalismo. No aportan ninguna reflexión relevante, pero testimonian el malestar que ha creado en la cúspide del imperialismo, el desastre social creado durante los años de la euforia privatizadora.
Estos cuestionamientos al «capitalismo salvaje» reflejan el avance de la resistencia popular, porque los dueños del mundo ya no sesionan en paz. Sus encuentros en puntos remotos y en reuniones atrincheradas siempre enfrentan las manifestaciones del movimiento de protesta global. Ya no hay «discurso único», ni «una sola alternativa» y con el avance de los cuestionamientos populares decrece la imagen de omnipotencia imperialista. Los participantes de la protesta global son los artífices centrales de este cambio.
Su resistencia ya desborda el impacto mediático inicialmente creado por el boicot a las cumbres de presidentes, ejecutivos y banqueros. La movilización más reciente de Sevilla contra la «Europa del Capital» reunió a 100.000 personas. Estas reacciones confirman la vitalidad de un movimiento que tiende a incorporar a su acción la batalla contra el militarismo. La clase obrera se perfila como otro desafiante del imperialismo, tanto por su convergencia con la protesta global, cómo por la recomposición de las luchas reivindicativas.
La etapa de severo reflujo que inauguraron las derrotas de los 80 tiende a revertirse desde mediados de los 90, al compás de importantes acciones en Europa y en la periferia más industrializada. La extraordinaria movilización de tres millones de trabajadores italianos en mayo pasado y la impactante huelga general en España confirman esta recuperación de la clase obrera. Las sublevaciones populares en la periferia representan el tercer desafío al imperialismo. Los ejemplos de esta resistencia en Sudamérica son contundentes, a partir de la significativa extensión de la rebelión argentina.
Por otra parte, la intervención popular contra el golpe de estado en Venezuela marcó el debut de una reacción masiva contra la política pro-dictatorial que promueve el imperialismo norteamericano. Este éxito de los oprimidos constituye apenas el primer asalto de un enfrentamiento que atravesará por numerosos episodios, ya que el Departamento de Estado ha puesto en marcha una escalada de provocaciones contra cualquier gobierno, pueblo o política que no siga fielmente su libreto. El nivel de salvajismo imperialista en Medio Oriente rememora las grandes barbaries de la historia colonial y por eso la resistencia popular en esa región es emblemática y despierta la solidaridad de todos los pueblos del plantea. La protesta global, la recuperación de la clase obrera y las rebeliones en la periferia demuestra los límites de la ofensiva del capital.
Un nuevo internacionalismo ha irrumpido junto a la protesta global en las marchas cosmopolitas en favor de «otra mundialización». Contribuir a transformar esta crítica embrionaria al capital en una propuesta de emancipación es la primera tarea que enfrentan los socialistas. Esta alternativa ya se debate en los foros mundiales, cuándo se analiza la perspectiva social del internacionalismo espontáneo del movimiento. En la protesta global prevalece una oposición total a las reacciones fundamentalistas contra los atropellos imperialistas y un contundente rechazo a las confrontaciones étnicas o religiosas entre los pueblos explotados, que fomenta la derecha.
Sólo el socialismo ofrece una perspectiva de comunidad real entre los trabajadores del mundo. El generalizado despertar de la lucha antiimperialista en la periferia presenta un segundo desafío para los socialistas. Estos autores declaran, además, la inoperancia de cualquier táctica, estrategia o prioridad política en las nuevas «luchas horizontales», porque interpretan que en estos combates se enfrentan el capital y el trabajo sin ningún tipo de mediaciones. Definir tácticas y concebir estrategias específicas es importante, dado que las reivindicaciones nacionales que comparten los explotados de la periferia, no tienen significación para los trabajadores de las naciones centrales.
El enfoque tradicionalista repite la vieja hostilidad liberal hacia las formas concretas de resistencia popular en los países subdesarrollados, recurriendo a un lenguaje más radical. Sus vaguedades transmiten un sentimiento de impotencia frente a la dominación imperialista, porque en el mundo sin fronteras, centros y territorios que describen, resulta imposible localizar al opresor y establecer algún rumbo para enfrentarlo. El tercer desafío de la política socialista es concebir estrategias de captura y transformación radical del estado, a fin de abrir un camino de emancipación. Este objetivo exige desmitificar el cuestionamiento neoliberal a la utilidad de la intervención estatal y las creencias neutralistas del constitucionalismo, que enmascara el control detentado por la clase dominante sobre esta institución.
Algunos teóricos argumentan que en la actual «sociedad de control» las formas de dominación son tan invasoras, como frustrantes de cualquier transformación social basada en el manejo popular del estado. Observando a los trabajadores en huelga, a los jóvenes de la protesta global y a las masas movilizadas de la periferia no es muy difícil definir quiénes son los artífices de un cambio emancipatorio. Este nuevo protagonismo popular socava el discurso neoliberal individualista sobre el fin de la acción colectiva, pero no ha generado aún, reconocimientos del papel central de las clases oprimidas en la transformación social. Incluso en las caracterizaciones más radicales que hablan de la «ciudadanía insurrecta» o de la «ciudadanía global», esta frontera de clase queda disuelta y el antagonismo social es relegado a un segundo plano.
Aunque los promotores de esta categoría reconocen su sentido meramente poético, pretenden de hecho aplicarla a la acción política. Y este trasplante genera numerosas confusiones, porque la misma multitud alude a veces al agrupamiento amorfo de individuos y se refiere en otras ocasiones a la acción de fuerzas particulares. En ninguno de los dos casos se explica por qué ocuparía un lugar tan significativo en la lucha social de un imperio, que al no ser localizable tampoco enfrenta contrincantes muy definidos. Abandonando los malabarismos verbales y analizando, en cambio, el potencial emancipatorio de la clase trabajadora para comandar un proyecto socialista se puede arribar a las conclusiones de mayor provecho.
Esta reflexión puede partir de la creciente «proletarización del mundo», es decir de la estratégica gravitación social que han alcanzado los trabajadores, definidos en un sentido amplio como la masa total de los asalariados. Las condiciones para este avance político ya se han reunido, como lo prueban las discusiones sobre el internacionalismo, el estado y el sujeto de la transformación social. Repitiendo lo ocurrió en 1890-1920, el debate sobre el imperialismo vuelve a ubicarse también en el centro de esta maduración política.