Duelo y melancolía.

  • Hay una conexión entre la melancolía y la etapa oral de la libido.

  • Melancolía (estados de depresión).

«Los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de que mueran) son, de igual modo, un elemento integrante de la neurosis. Afloran concientemente como representación obsesiva. En la paranoia les corresponde lo más insidioso del delirio de persecución. Estos impulsos son reprimidos en tiempos en que se suscita compasión por los padres: enfermedad, muerte de ellos. Entonces es una exteriorización del duelo hacerse reproches por su muerte (las llamadas melancolías), o castigarse histéricamente, mediante la idea de la retribución, con los mismos estados de enfermedad que ellos han tenido. La identificación que así sobreviene no es otra cosa, que un modo del pensar, y no vuelve superflua la búsqueda del motivo».

  • El presente artículo puede consderarse como una extensión del trabajo sobre el narcicismo, por conceptos como narcicismo, ideal del yo e instancia crítica que operan en la melancolía.

  • El yo quiere incorporar vía de la devoración (fase oral) con el objeto, así consumando la identificación con el objeto.

  • La identificación precede a la investidura de objeto.

  • En la melancolía, una investidura de objeto es remplazada por una identificación. Las identificaciones regresivas, son la base del carácter de una persona, y las identificaciones que provienen del sepultamiento del complejo de Edipo, forman el núcleo del superyó.

  • El duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, a raíz de idénticas influencias, se observa, en lugar de duelo, melancolía.

  • La melancolía se singulariza por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreporches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo. El duelo tiene los mismos rasgos menos la perturbación del sentimiento de sí.

  • Trabajo de duelo: El examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto. Esa renuencia puede alcanzar tal intensidad que produzca un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por vía de una psicosis alucinatoria de deseo. Lo normal es que prevalezca el acatamiento a la realidad. Cada uno de los recuerdos en que la libido se anudaba al objeto son sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido. Pero una vez cumplido el trabajo del duelo el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido.

  • En la melancolía, la pérdida es de naturaleza más ideal, el objeto no está realmente muerto, peo se perdió como objeto de amor, el enfermo no puede apresar en su conciencia lo que ha perdido.

Él sabe a quién perdió, pero no lo que perdió. Es la melancolía una perdida de objeto sustraída de la conciencia, en el cual no hay nada inconciente en lo que atañe a la pérdida. La pérdida desconcoida tendrá por consecuencia un trabajo interior semejante al del duelo y será la responsable de la inhibición que le es característica.

En el duelo, el mundo se ha hecho pobre y vacío, en la melancolía, eso le ocurre al yo mismo.

  • El melancólico, es en realidad todo lo falto de interés, todo lo in capaz de amor y de trabajo que él dice. Pero esto es, según sabemos, secundario; es la consecuencia de ese trabajo interior que devora a su yo, un trabajo que desconocemos, comparable al del duelo.

  • Tampoco es difícil notar que entre la medida de la autodenigración y su justificación real no hay, a juicio nuestro, correspondencia alguna. En el melancólico podría casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo.

  • Siguiendo la analogía con el duelo, deberíamos inferir que él ha sufrido una pérdida en el objeto; pero de sus declaraciones surge una pérdida en su yo.

  • El cuadro nosológico de la melancolía destaca el desagrado moral con el propio, sólo el empobrecimiento ocupa un lugar privilegiado entre sus temores o aseveraciones.

  • Si con tenacidad se presta oídos a las querellas que el paciente se dirige, las más fuertes de ellas se adecúan muy poco a su propia persona y muchas veces, con levísimas modificaciones, se ajustan a otra persona a quien el enfermo ama, ha amado a amaría.

  • Así, se tiene en la mano la clave del cuadro clínico si se disciernen los autorreproches como reproches contra un objeto de amor, que desde este han rebotado sobre el yo propio. Sus quejas {Klagen], son realmente querellas [Anklagen], en el viejo sentido del término.

  • Ellos no se avergüenzan ni se ocultan: todo eso rebajante que dicen de sí mismos en e! fondo lo dicen de otro. Más bien son martirizadores en grado extremo, se muestran siempre como afrentados y como si hubieran sido objeto de una gran injusticia.

  • Hubo una elección de objeto, una ligadura de la libido a una persona determinada; por obra de una afrenta real o un desengaño de parte de la persona amada sobrevino un sacudimiento de ese vínculo de objeto.

  • La investidura de objeto resultó poco resistente, fue cancelada, pero la libido libre no se desplazó a otro objeto sino que se retiró sobre el yo. La sombra del objeto cayó sobre el yo, quien, en lo sucesivo, pudo ser juzgado por una instancia particular como el objeto abandonado.

  • De esa manera, la pérdida del objeto hubo de mudarse en una pérdida del yo, y el conflicto entre el yo y la persona amada, en una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por identificación.

  • Tiene que haber existido, por un lado, una fuerte fijación en el objeto de amor y, por el otro y en contradicción a ello, una escasa resistencia de la investidura de objeto.

  • Parece que la elección de objeto se haya cumplido sobre una base narcisista, de tal suerte que la investidura de objeto pueda regresar al narcisismo si tropieza con dificultades. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en el sustituto de la investidura de amor, lo cual trae por resultado que el vínculo de amor no deba resignarse a pesar del conflicto con la persona amada.

  • Un sustituto así del amor de objeto por identificación es un mecanismo importante para las afecciones narcisistas. La identificación es la etapa previa de la elección de objeto y es el primer modo, ambivalente en su expresión, como el yo distingue a un objeto. Querría incorporárselo, en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal.

  • Por tanto, la melancolía toma prestados una parte de sus caracteres al duelo, y la otra parte a la regresión desde la elección narcisista de objeto hasta el narcisismo.

  • La pérdida del objeto de amor es una ocasión privilegiada para que campee y salga a la luz la ambivalencia de los vínculos de amor.

  • Este conflicto de ambivalencia, de origen más bien externo unas veces, más bien constitucional otras, no ha de pasarse por alto entre las premisas de la melancolía. Si el amor por el objeto —ese amor que no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado— se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo in-sultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

  • Ese automartirio de la melancolía, inequívocamente gozoso, importa, en un todo como el fenómeno paralelo de la neurosis obsesiva, la satisfacción de tendencias sádicas y de tendencias al odio que recaen sobre un objeto y por la vía indicada han experimen tado una vuelta hacia la persona propia.

  • Así, la investidura de amor del melancólico en relación con su objeto ha experimentado un destino doble; en una parte ha regresado a la identificación, pero, en otra parte, bajo la influencia del conflicto de ambivalencia, fue trasladada hacia atrás, hacia la etapa del sadismo más próxima a ese conflicto.

  • Sólo este sadismo nos revela el enigma de la inclinación al suicidio por la cual la melancolía se vuelve tan interesante y.. . peligrosa.

  • Ahora el análisis de la melancolía nos enseña que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto y subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior.

Resumen pp. 250-final.

  • El complejo melancólico se comporta como una herida abierta, atrae hacia sí desde todas partes energías de investidura (que en las neurosis de trasferencia hemos llamado «contrainvestiduras») y vacía al yo hasta el empobrecimiento total.

  • La peculiaridad más notable de la melancolía es su tendencia a volverse del revés en la manía, un estado que presenta los síntomas opuestos. La impresión psicoanalítica es que la manía pugna con el mismo complejo que la melancolía, la diferencia es que la manía lo ha dominado. La manía no es otra cosa que un triunfo, lo que en ella otra vez queda oculto para el yo eso que él ha vencido.

  • En la manía el yo tiene que haber vencido a la pérdida del objeto (o al duelo por la pérdida, o quizás al objeto mismo), y entonces queda disponible todo el monto de contrainvestidura que el sufrimiento dolido de la melancolía había atraído sobre sí desde el yo y había ligado.

  • Cuando parte, voraz, a la búsqueda de nuevas investiduras de objeto, el maníaco nos demuestra también inequívocamente su emancipación del objeto que le hacía penar.

  • Para cada uno de los recuerdos y de las situaciones de expectativa que muestran a la libido anudada con el objeto perdido, la realidad pronuncia su veredicto: El objeto ya no existe más; y el yo, preguntado, por así decir, si quiere compartir ese destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida y desata su ligazón con el objeto aniquilado. Podemos imaginar que esa desatadura se cumple tan lentamente y tan paso a paso que, al terminar el trabajo, también se ha disipado el gasto que requería. La representación-cosa inconsciente del objeto es abandonada por la libido, es un proceso lento. Ese carácter, la ejecución pieza por pieza del desasimiento de la libido, es por tanto adscribible a la melancolía de igual modo que al duelo; probablemente se apoya en las mismas proporciones económicas y sirve a idénticas tendencias. Pero la melancolía, como hemos llegado a saber, contiene algo más que el duelo normal. La relación con el objeto no es en ella simple; la complica el conflicto de ambivalencia. En la melancolía se urde una multitud de batallas parciales por el objeto; en ellas se enfrentan el odio y el amor, el primero pugna por desatar la libido del objeto, y el otro por salvar del asalto esa posición libidinal.

  • A estas batallas parciales no podemos situarlas en otro sistema que el Inconsciente. Ahí mismo se efectúan los intentos de desatadura en el duelo, pero en este caso nada impide que tales procesos prosigan por el camino normal que atraviesa el preconciente hasta llegar a la conciencia. Este camino está bloqueado para el trabajo melancólico. La ambivalencia constitucional pertenece en sí y por sí a lo reprimido, mientras que las vivencias traumáticas con el objeto pueden haber activado otro [material] reprimido. Así, de estas batallas de ambivalencia, todo se sustrae de la conciencia hasta que sobreviene el desenlace característico de la melancolía.

  • Este consiste en que la investidura libidinal amenazada abandona finalmente al objeto, pero sólo para retirarse al lugar del yo del cual había partido. De este modo el amor se sustrae de la cancelación por su huida al interior del yo. Tras esta regresión de la libido, el proceso puede devenir concierne y se representa ante la conciencia como un conflicto entre una parte del yo y la instancia crítica.

  • La conciencia sólo experimenta el menosprecio y furia del yo contra sí mimo. Así como el duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándoselo muerto y ofreciéndole como premio el permanecer con vida, en la melancolía, cada batalla parcial de ambivalencia afloja la fijación de la libido al objeto desvalorizando este, de esta manera, el pleito puede terminar dentro del inconsciente después de que se resignó el objeto por carente de valor, el yo puede gozar de la satisfaccción de reconocerse superior al objeto perdido.

  • Aquella acumulación de investidura antes ligada que se libera al término del trabajo melancólico y posibilita la manía tiene que estar en trabazón estrecha con la regresión de la libido al narcisismo.