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La Doctrina Monroe, sintetizada en la frase «América para los americanos», fue
elaborada en 1823 en Estados Unidos por John Quincy Adams y atribuida al
presidente James Monroe. Establecía que cualquier intervención de los europeos
en América sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de
los Estados Unidos de América.1
La doctrina fue presentada por el presidente Monroe durante su sexto discurso al
Congreso sobre el Estado de la Unión. Recibida inicialmente con dudas, y luego
con entusiasmo, constituyó un momento decisivo en la política exterior de los
Estados Unidos. La doctrina fue concebida por sus autores, en especial John
Quincy Adams, como una proclamación por parte de los Estados Unidos de su
oposición al colonialismo en respuesta a la amenaza que suponía la restauración
monárquica en Europa y la Santa Alianza tras las guerras napoleónicas.
a Doctrina reafirma la posición de Estados Unidos contra el colonialismo europeo,
inspirándose en la política aislacionista de George Washington, según la cual «Europa tenía
un conjunto de intereses elementales sin relación con los nuestros o, si no, muy
remotamente» (discurso de despedida del Presidente George Washington, el 17 de
septiembre de 1796), y desarrollaba el pensamiento de Thomas Jefferson, según el cual
«América tiene un Hemisferio para sí misma», que tanto podría significar el continente
americano como su propio país.
El gobierno de Estados Unidos, en aquel entonces un país que había alcanzado su
independencia hacía tan solo 40 años, temía que las potencias europeas victoriosas que
emergían del Congreso de Viena (1814-1815) revivieran sus imperios coloniales en las
Américas . A medida que las revolucionarias guerras napoleónicas (1803-1815)
terminaban, Prusia, Austria y Rusia formaban la Santa Alianza para defender el monarquismo.
En particular, la Santa Alianza autorizó incursiones militares para restablecer el dominio de los
Borbones sobre España, así como bajo sus colonias, que estaban en la época estableciendo
su independencia.
En la época, la Doctrina Monroe representaba una seria advertencia no solo a la Santa
Alianza, sino también a la propia Gran Bretaña (con quienes los estadounidenses habían trabado recientemente la guerra de 1812), aunque su efecto inmediato, en cuanto a la defensa
de los nuevos Estados americanos, era puramente moral, dado que los intereses económicos
y la capacidad política y militar de Estados Unidos en la época no sobrepasaban la región del
Caribe. Es muy importante resaltar que Estados Unidos en esta época aún estaba lejos de ser
considerado siquiera una potencia regional. De cualquier forma, la formulación de la Doctrina
Monroe ayudó a Gran Bretaña a frustrar los planes europeos de recolonización de América y
permitió que Estados Unidos continuara dilatando sus fronteras hacia el oeste. Esta expansión
en el continente americano tuvo como presupuesto el Destino Manifiesto, y marcó el inicio de
la política expansionista de Estados Unidos en el continente.
Como se ha visto anteriormente, «América para los americanos» toma su sentido dentro del
proceso de imperialismo y colonialismo en el que se habían embarcado las potencias
europeas de esos años. En un inicio se presentó como defensa de los procesos de
independencia de los países americanos, aunque el pronunciamiento del presidente Monroe
no pasó de ser una simple declaración altisonante hecha por un Estado sin recursos militares
suficientes para sostenerla. Esa circunstancia determinó que durante largo tiempo no fuera
invocada ni calificada como doctrina.
El presidente estadounidense James Polk despertó por primera vez el discurso de Monroe en
su alocución del 2 de diciembre de 1845 con la finalidad de apoyar las pretensiones
estadounidense sobre Texas y el territorio de Oregón, así como para oponerse a supuestas
maquinaciones británicas con relación a California, que en aquel entonces era una provincia
mexicana.
En 1850 también se tomó el pronunciamiento del entonces expresidente Monroe en ocasión
de la rivalidad entre británicos y estadounidenses en Centroamérica.
El postulado de Monroe adquirió el título de doctrina en los años 1850 y siguientes. Sobre el
particular, Don Pedro Mir nos observa —siguiendo al historiador Perkins— que para 1954 la
Doctrina Monroe no era conocida oficialmente con ese nombre y añade que «para esa fecha
los principios de Monroe […] eran calificados de “doctrina” en artículos periodísticos y de
manera retórica en debates de las Cámaras» y que «por su parte, las potencias coloniales la
denominaban así en despachos secretos [… ] pero jamás admitían públicamente, no sólo el
nombre, sino su misma existencia».
Para robustecer lo que acabamos de expresar —citando a Don Pedro Mir— resulta oportuno
transcribir parte de una comunicación emanada de un ministro español a propósito de una
propuesta de anexión de la República Dominicana a España. El documento dice «Al dar
conocimiento a V. E. de este negocio, creo de mi deber manifestarle que tengo por seguro al
protectorado de la España en Santo Domingo se opondrían los Estados Unidos y muy
especialmente el partido democrático que hoy se halla al frente del Gobierno de la Federación,
el cual es sostenedor de la máxima política conocida en aquel país con el nombre de The
Monroe Doctrine a saber, que no se debe consentir la Confederación americana que ninguna
nación de Europa o cualquiera de América tenga más dominio que el que ejerza en la
actualidad».
Digamos, incidentalmente, que si bien ese era el parecer español en 1854, más tarde hubo un
cambio de opinión debido principalmente a la insistencia de algunos agentes de España en
Santo Domingo y de los gobernadores de Puerto Rico y Cuba, lo cual conllevó a la anexión de
la República Dominicana a España.
Pero antes de la anexión el Gobierno estadounidense, a través de un aventurero de nombre
William Leslie Cazneau, había dado manifestaciones de tener pretensiones sobre una parte de
la Bahía de Samaná. En tal sentido, el Secretario de Estado, William L. Marcy, le hacía llegar
a su enviado las siguientes instrucciones «el más poderoso incentivo para reconocer a la
República Dominicana e instrumentar un Tratado con ella es la adquisición de las ventajas que
los Estados Unidos esperan derivar de la posesión y control de una porción del territorio de la