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Todo comenzó en unas reuniones llamadas tertulias, en las que se encontraban poetas, comerciantes y políticos, dispuestos a cambiar el mundo. Por ejemplo, en la capital colombiana, entre 1887 y 1896, en la casa de José Asunción Silva se congregaba un grupo de intelectuales liderado por el antioqueño Baldomero Sanín Cano. Allí leían, traducían y comentaban las últimas novedades de la literatura europea, en especial las obras francesas.
Estas tertulias fueron determinantes para la mayoría de los escritores del momento, como Guillermo Valencia, quien tuvo el privilegio de vivir el sueño de todos los poetas de su generación: viajar a París, capital literaria de su siglo, conocer a uno de los fundadores del Modernismo, Rubén Darío, y volverse amigo de este nicaragüense inmortal. Tan definitiva sería aquella experiencia, que al año siguiente publicó su poemario Ritos, con el que ganó la fama que hoy por hoy se reserva para las estrellas de la música o del fútbol.