Historia
TEMA 1. La Prehistoria y la Edad Antigua en la península Ibérica
1.1 EL PALEOLÍTICO Y EL NEOLÍTICO
La Prehistoria (del origen del hombre a la aparición de la escritura) fue un período de cambios muy lentos entre el Paleolítico, Neolítico y Edad de los Metales. Aunque el proceso de hominización comenzó en África hace entre 5-6 m.a., los restos más antiguos hallados en la Península corresponden al Homo antecessor (datados en cerca de un millón de años, yacimiento de Atapuerca, Burgos, 1974); este daría paso al Homo heidelbergensis y neanderthalensis. Durante el Paleolítico estos fueron nómadas y se desplazaban en pequeños grupos al tener una economía depredadora basada en la caza y la recolección. Ya en el Paleolítico Superior el Homo sapiens llevó a cabo una rápida evolución tanto tecnológica como sociocultural y artística desarrollando la pintura rupestre franco-cantábrica (Altamira, Tito Bustillo) naturalista, que representa animales aislados, policromos así como el arte mueble (Venus).
Durante el Neolítico (5.000 a.C.) aparece la piedra pulimentada de la mano del Homo sapiens que se sedentariza, desarrolla una economía productora (agricultura y ganadería, cerámica y textil) que propició un incremento demográfico, la especialización del trabajo y la jerarquización social. A nivel artístico surge la pintura levantina (Cogull, Valltorta) más esquemática, con escenas de la vida cotidiana y figuras humanas generalmente monocromas. En la Edad de los Metales hacia 3000 a.C. (mejora herramientas, armas...) llegaron los primeros pueblos indoeuropeos atraídos por la riqueza en metales de la península (culturas de Los Millares y de El Argar).
1.2. LOS PUEBLOS PRERROMANOS Y LAS COLONIZACIONES DE LOS PUEBLOS DEL MEDITERRÁNEO
La Protohistoria (de las invasiones indoeuropeas -1.200 a.C.- a la ocupación romana -2ª mitad del siglo III a.C.-) Entre los pueblos prerromanos cabe destacar: Tartessos, rica civilización asentada en el suroeste peninsular basó su esplendor en el cobre y la plata de la zona (Tesoro de Carambolo); Íberos (ej. turdetanos, layetanos) en la zona mediterránea y meridional entre los Valles del Ebro y del Guadalquivir, presentaban rasgos comunes: lengua, jerarquización social en castas, poblados amurallados con carácter urbano, economía agrícola-ganadera y una rica tradición artística (Dama de Elche); Celtíberos (ej. carpetanos, lusitanos) en el centro y oeste peninsular, con menor influencia de las culturas mediterráneas mantuvieron una economía agraria pobre con menor implantación de la artesanía o el comercio, una organización social tribal y núcleos de población fortificados como Numancia, desarrollaron una interesante metalurgia del hierro y la denominada cultura de los verracos (Toros de Guisando); en el norte peninsular habitaron diversos pueblos relacionados con la cultura celta: galaicos, astures y vascones se extendieron desde Galicia hasta el Pirineo aragonés, de cultura poco avanzada y economía basada en la ganadería, pesca y recolección en castros (Coaña).
Las colonizaciones se producen en el I milenio a.C por parte de pueblos mediterráneos de cultura más evolucionada que llegaron en busca de metales y otras mercancías. Todos ellos fundaron colonias y dejaron importantes legados: los Fenicios (hacia el 1.100 a.C.) difundieron el uso del hierro y la escritura alfabética, también el salazón y el torno alfarero (Gadir, Málaga); los Griegos (siglo VIII a.C.) trajeron consigo su cultura, el cultivo de la vid y el olivo y la acuñación de moneda (Emporion, Rhodes) y los Cartagineses (s. VI a.C.), fundadores de Cartago Nova pasaron a controlar las rutas comerciales del Mediterráneo occidental y se enfrentaron por el control peninsular y del Mediterráneo occidental a los romanos (Guerras Púnicas) saliendo finalmente derrotados.
1.3. LA HISPANIA ROMANA
La conquista romana -del siglo III al I a.C.- puede dividirse en varias etapas: primera etapa (218-197 a.C.), durante la República y su expansión por el Mediterráneo, en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, se conquistan el este y sur peninsular expulsando a los cartagineses; en la segunda etapa (197-133 a.C.), en paralelo a las guerras civiles entre Pompeyo y César) se conquista el centro y oeste peninsular teniendo que hacer frente a la resistencia de los lusitanos (Viriato) y celtíberos (cerca a Numancia); se conquistan también Gallaecia y las Baleares. La última etapa (29-19 a.C.), en tiempos de Augusto, primer emperador) se produce la conquista del norte peninsular dando por terminada la conquista con la dominación de galaicos, astures, cántabros y vascones (guerras cántabras).
A partir de ese momento se abre una larga etapa de estabilidad política y económica y comienza la romanización, proceso de asimilación de la cultura y formas de vida romanas a partir de varios elementos: el ejército (soldados desmovilizados), el urbanismo que sigue el modelo de Roma (cardo-decumano, foro y edificios públicos tales como termas, teatros o templos), el latín y el derecho romano, la religión politeísta y posteriormente el cristianismo. A nivel político se implantó la división provincial -dos, tres y cinco- y las magistraturas -duoviros, ediles y cuestores- y se conectó el territorio a la red de calzadas romanas (Vía Augusta, vía de la Plata) por las que los territorios hispanos aportaron a Roma importantes riquezas: trilogía mediterránea, ganadería ovina, actividad pesquera y de salazón y sobre todo la minería (Riotinto, Las Médulas) participando de su economía urbana y monetaria. Fruto de esta intensa implantación ha quedado un importante legado artístico y arqueológico (Itálica, Emerita Augusta o Tarraco) al tiempo que la península fue cuna de trascendentales emperadores (Trajano o Adriano), filósofos (Séneca) o escritores (Marcial) convirtiéndose en una de las provincias más romanizadas del Imperio hasta su definitiva caída en el siglo V.
1.4 LA MONARQUÍA VISIGODA
La crisis del Imperio romano (s.III d.C.) se agudiza en el siglo V con la llegada de pueblos bárbaros como los suevos, vándalos y alanos. Los visigodos se asentaron de manera pacífica en la Península como aliados de los romanos (Foedus) y su control del territorio fue progresivo hasta que en el año 507, presionados por los francos, trasladaron definitivamente su capital de Toulouse a Toledo creando el reino visigodo de Toledo hasta la invasión musulmana del año 711.
La consolidación del reino se basó en la mezcla de la tradición tardorromana con las costumbres visigodas y fue obra de varios monarcas: Leovigildo (finales del s.VI) completó el dominio de la península tras derrotar a los suevos, contener a los vascones e incorporar la mayoría de las posesiones bizantinas (unificación territorial y política, autorización de matrimonios mixtos entre hispanorromanos y visigodos); Recaredo facilitó la unificación religiosa con su conversión al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589); Recesvinto fue el encargado de la unificación legislativa adaptando el derecho romano a la tradición visigoda (Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo).
La organización política visigoda se basaba en una monarquía electiva (inestable) que contaba con la ayuda de un Officium Palatinum formado por notables: sus principales instituciones fueron el Aula Regia (consejo del rey) y los Concilios de Toledo (función legislativa y de gobierno de los que participaban la nobleza y la Iglesia); Otros cargos del Officium eran los Comes y Duces (control territorial), los Comites civitates (jueces) y los Gardingos (jefes militares).
Los visigodos estuvieron muy influenciados por la cultura romana que mezclaron con la suya propia siendo su rasgo principal su orientación religiosa. En el ámbito cultural destaca la figura de S. Isidoro de Sevilla (Etimologías) y en el plano artístico la arquitectura religiosa (San Pedro de la Nave) y su excelente orfebrería votiva (Tesoro de Guarrazar).
TEMA 2. La Edad Media en la Península Ibérica
2.1. AL-ÁNDALUS: EVOLUCIÓN POLÍTICA
El enfrentamiento por el trono visigodo (monarquía electiva) facilitó la llegada de los musulmanes. En el 711 tropas al mando de Tarik derrotan a los visigodos de D. Rodrigo en la Batalla de Guadalete. La ocupación fue rápida gracias a la alianza con una parte de la nobleza visigoda y a partir de la derrota frente a los francos en Poitiers (732) los musulmanes se centraron en el dominio peninsular a excepción del norte montañoso (Batalla de Covadonga, 722).
Al-Ándalus fue una provincia más del gran Imperio islámico (Emirato dependiente o Waliato, 711-756). Tras la revolución abasí, el último Omeya se refugió en Al-Ándalus y se proclamó emir como Abderramán I, aunque seguirían dependiendo religiosamente del califato de Bagdad (Emirato independiente, 756-929): la inestabilidad por rebeliones internas y el avance cristiano llevarán a acuerdos con la población local para respetar su autogobierno y religión a cambio de un doble impuesto (mozárabes) aunque también hubo quienes se convirtieron a la nueva religión (muladíes).
En el 929 Abderramán III, se desligó por completo del imperio proclamándose califa (Califato de Córdoba, 929-1031). Su reinado y el de Al-Hakan II marcaron el momento de mayor esplendor a todos los niveles convirtiendo Córdoba en la principal ciudad del Occidente europeo y sometiendo a vasallaje a los territorios del norte.
En el año 1031 la disgregación del califato dio lugar a pequeños reinos Taifas independientes (primeras taifas) alcanzando algunos de ellos (Toledo, Sevilla o Zaragoza) gran prosperidad económica y cultural pero haciendo cada vez más difícil resistir ante el avance de los reinos cristianos (1085 Alfonso VI reconquista Toledo). El apoyo de los Almorávides (siglo XI) y a los Almohades (siglo XII). La victoria cristiana en las Navas de Tolosa (1212) marcó el fin del dominio almohade y el avance cristiano por el valle del Guadalquivir. Tan sólo el Reino nazarí de Granada resistió a cambio del pago de parias a los reyes cristianos hasta que en 1492 los Reyes Católicos, en su deseo de unificar España, finalizan la Reconquista siendo el último rey musulmán Boabdil quien rinda la ciudad de Granada.